Aquella mañana tenía una reunión de departamento en la facultad. A las nueve. A pesar de haber salido dos horas antes de casa, llegó una hora tarde. Mientras cruzaba el pasillo sorteando los pequeños grupos de alumnos apostados aquí y allá, se cruzó con otra profesora, que le dio los buenos días con lo que él interpretó como una mezcla de piedad y reproche. Sin pararse le preguntó si la reunión había terminado y ella acompañó el gesto con la cabeza, arriba y abajo y arriba, con un "sí" y una sonrisa lobuna de dientes blancos, perfectamente alineados.
Justo al entrar en la zona administrativa se cruzó también con la jefa de departamento, una mujer que compensaba su aspecto de momia inca con una gran actividad y que le hizo un gesto para que la esperase un momento, y, casi al mismo tiempo, con el lector italiano, que estaba a su vez flanqueado por dos de los tres encargados de la única máquina fotocopiadora del departamento. Quedó con el lector italiano en tomar un café y siguió a la jefa de departamento, que había reaparecido a través de una puerta lateral diferente de aquella por la que se había ido apenas unos segundos antes, y que lo llevó hasta la sala de reuniones, en la que entró por primera vez desde que había llegado en noviembre, hacía ya medio año. Se sintió honrado y decepcionado al mismo tiempo. La sala era pequeña y austera, oscura, incómoda pero íntima. Le gustó como le había gustado esconderse detrás de un sofá o dentro de un armario durante la infancia. Se sintió, por último, reconfortado. La jefa de departamento le hizo una versión express y abreviada de la reunión que acababa de tener lugar allí apenas unos minutos antes, le dio las indicaciones pertinentes, le preguntó si tenía alguna duda, escrutó su mirada como tratando de desentrañar algo que seguramente no había y se despidió antes de recibir a los profesores del departamento de alemán.
A la salida se encontró de nuevo con el lector italiano. Pietro Paschi, cincuenta años (una edad impropia para ser lector, o por lo menos para la idea que tenía de un lector), los dos últimos en aquella plaza de aquella universidad de aquel país. Cuando se encontraban, se acordaba casi siempre de una escena de Apocalypse now en la que Martin Sheen llega al final del río, donde se supone que está Marlon Brando, a quien debe matar, y por todos lados hay gente ahorcada y cadáveres flotando, y en tierra le recibe gente armada con el cuerpo pintado que parece alucinada o drogada. Al desembarcar le sale al paso Dennis Hopper, que, a juzgar por su aspecto, debe de ser un reportero perdido en aquella guerra, con los nervios destrozados y dos o tres cámaras colgando del cuello, y que no deja de repetirle a Martin Sheen que todo está bien allí, que no pasa nada.
Deambulan un rato por la facultad y luego por los alrededores de la facultad, charlando y haciendo tiempo antes de sus respectivas clases, y en un momento dado deciden comerse un chawarma. Pietro Paschi le lleva a un sitio que conoce y le aconseja demasiado tarde que pida que no le pongan lechuga y tomate en el chawarma, pero para ese momento ya está el chawarma a rebosar de lechuga y tomate, y le da cierto apuro pedirle que se lo quiten, en parte porque siempre lo miran a uno raro cuando hace algo así, en parte porque le da una repentina pereza tener que dar cualquier tipo de explicación en otro idioma. De ese modo acepta el chawarma con todo y se permite incluso el lujo de ironizar sobre las manías de Pietro Paschi, cosa que obliga a este a justificarse.
De modo que una hora después de comerse aquel chawarma, ya en mitad de una clase, empieza a escocerle la lengua de un modo espantoso. Y piensa en Pietro Paschi alejándose por uno de los caminos de tierra de la facultad, después de haberse despedido, muy ceremoniosos los dos, justo cuando empezaba a llover, tal y como el propio Pietro Paschi había predicho un minuto antes. Y siente una tristeza afilada, y piensa también en Dennis Hopper y en Martin Sheen, dos extranjeros que se reconocen en mitad del horror o del desconcierto, y uno de ellos repite que allí no pasa nada, que todo está bien, y siente que esto lo explica todo, sobre todo cuando no hay mucho que explicar, y además no era necesario.

