lunes 24 de agosto de 2009

El último viaje

Alberto llega a la ciudad el mismo día, o puede que un par de días antes, de que se desate la epidemia. Ya durante el vuelo las azafatas les habían dado unos impresos que debían rellenar y firmar: una especie de declaración de salud en la que tenían que indicar de dónde venían, en dónde habían estado en las últimas semanas y si tenían algún tipo de síntoma como tos, fiebre o diarrea, y que entregaron nada más desembarcar a dos tipos con aspecto de becario de facultad de medicina, barbijos y bata blanca. Luego les habían hecho desfilar delante de una cámara que supuestamente registraba la temperatura corporal. Finalmente, pasaron por la aduana y entró en el país, lo que se tradujo de modo simbólico en el franqueo, más turbado que triunfal, de la puerta de la zona de llegadas. Al salir busca la cara de Julia entre la multitud que espera, busca su propio nombre en los cartelitos que muestran los taxistas. En vano. Para hacer tiempo, se decide a cambiar algunos billetes. Mientras aguarda a que la empleada que le atiende al otro lado de la ventanilla termine con el papeleo previo al cambio de moneda, piensa en las posibilidades que tiene de intentar ponerse en contacto con Julia. Se pregunta por qué no le pidió su número de teléfono durante la llamada telefónica de dos días atrás, la noche antes de la partida. Como sólo tiene una dirección, se dice a sí mismo que cogerá un taxi hasta allí. Entonces una mano se posa en su hombro, la mano que lleva al hombro de Julia, a la cara sonriente de Julia. Durante el trayecto en colectivo a la ciudad, Alberto le habla de las doce horas en avión por las que acaba de pasar, en su opinión letales, a las que sobrevivió leyendo, viendo películas y dando alguna que otra cabezada, en cualquier caso negándose a confraternizar con su vecino de asiento, un señor que desde antes del despegue y durante todo el vuelo se había obstinado en ocupar el brazo que compartían del asiento, lo que según Alberto constituía una afrenta difícil de ignorar. Y le cuenta cómo se ha aguantado los accesos de la tos que viene arrastrando desde hace una semana, sobre todo en el momento de pasar el control médico y la aduana, una tos que debió de contagiarle su sobrino de tres años. También le cuenta que su sobrino el otro día fue al zoo de Copenhage con su madre y que al ver a un elefante con una cresta rala había creído identificar a su tío Alberto. A medida que Alberto habla y habla la ciudad va apareciendo al otro lado de las ventanillas del colectivo. A través de la niebla de la mañana se van revelando como el negativo de una película una serie de casas bajas, irregulares, un parque sin pasto, gente que deambula por las cunetas, a lo lejos la torre de una iglesia.

Al principio, Julia y Alberto sólo duermen. Se pasan el día durmiendo, como si hubieran vuelto a casa después de una guerra larga en un lugar lejano. Como veteranos de guerra duermen. Como si tuvieran que pasar el invierno. De hecho, es invierno. El segundo que pasan en lo que va de año. Se despiertan de día o de noche, a veces cocinan algo, se lo comen, o preparan tazas de café que se acaba enfriando sobre la mesilla de noche, o van al baño y se duchan, y vuelven a la cama, follan y se quedan dormidos. Como osos pardos sofisticados. A veces uno de los dos pone la televisión, que se enciende siempre en un canal temático en el que sólo ponen películas. Les da la impresión de que las películas van más rápido o más despacio de lo habitual, o las ponen ya empezadas, o están montadas de forma caótica. En cualquier caso, les cuesta seguir el argumento, e incluso entender cómo actúan y lo que dicen los personajes, que se comportan como si fueran los únicos que supieran lo que va a pasar.

Un día a Alberto se le rompe el cristal del ojo izquierdo de sus gafas: Alberto le dice a Julia que ese día se siente más flojo que de costumbre, se quita las gafas y estira el brazo hacia la mesilla de noche, pero no llega o calcula mal y suelta las gafas antes de tiempo, que caen al suelo y se oye el inequívoco ruido que produce un cristal al romperse. Es Julia quien las recoge y se las alcanza a Alberto, que en cuanto comprueba que en efecto el cristal se ha roto se lleva ambas manos a la cara. Julia le pide que no llore, le pregunta si cree que podría tratarse de una señal. Para Julia es la primera vez que a Alberto se le rompen las gafas, pero para Alberto ya son demasiadas, tres en lo que va de año. Para Alberto quedarse sin gafas significa la invalidez temporal, equivale a quedarse ciego, lo impregna todo de oscuros presagios, le hace temer, en definitiva, por su vida.

De camino a la óptica pasan por la farmacia. El farmacéutico lee el periódico apoyado en el mostrador de madera. Lleva un barbijo que parece ocupar todo el espacio de la farmacia aparte del que ocupan ellos mismos. Además del barbijo lleva gafas. Poco más puede decirse de su rostro, o de la impresión que da su rostro, salvo, tal vez, que el barbijo lo rejuvenece, o que sencillamente lo haga parecer más animado, más alerta. Le preguntan por pastillas para chupar que alivien el dolor de garganta, le preguntan por un jarabe para la tos, se interesan por algún tipo de gel desinfectante para las manos y van derivando hacia productos que sólo pueden comprarse con receta médica o en la esquina de alguna calle poco transitada, con discreción. Al final compran una tableta de paracetamol. Cuando el farmacéutico le entrega el cambio, Julia le pregunta por la epidemia. Entonces el farmacéutico les habla de conspiraciones gubernamentales, de estrategias siniestras llevadas a cabo por las empresas farmacéuticas, les habla de la torpeza general, de cadenas de acontecimientos inesperados, del azar, les habla de deporte, de historia y de medicina. Cada dos o tres frases se para, suspira, alza las cejas y se les queda mirando fijamente, en silencio, como un cazador de preguntas y gestos de asombro. El paciente cero fue un bebé mexicano en Houston, les dice. En Houston están los mayores laboratorios de investigación viral del mundo. Pero no sólo en Houston tienen un problema. Hace meses que se habla del estallido de la epidemia y nos hemos sentado a esperar que se nos venga encima, les dice. El problema es que en este país todo el mundo se dedica a la improvisación. Aquí sólo preparamos los partidos de fútbol. Antes no, antes había motivos para estar orgullosos. Luego pasó lo que pasó. Y les cuenta que a él durante la dictadura le descerrajaron dos tiros, que estuvo detenido y fue torturado, que ya lo ha visto todo y sabe de lo que habla. Hace ya unos años, les dice, escribí un artículo sobre una enfermedad de la memoria a la que llamé “Enfermedad de Morelli”, lo tengo por aquí, y procede a levantar el periódico y mover algunos papeles sueltos que aparecen debajo. La “Enfermedad de Morelli”, continúa, sería un trastorno de tipo psicogénico, es decir, generado por la propia psique del individuo, que a través de una suspensión voluntaria de la sinapsis eliminaría la posibilidad de almacenar, incluso a corto plazo, el recuerdo de unos acontecimientos concretos, con el objeto de evitar siquiera tener que justificar el propio comportamiento ante dichos acontecimientos. Durante un tiempo, añade, estuve barajando la posibilidad de llamarlo “Mal de Morelli”. Todo esto lo cuenta a media voz, pero no se sabe si lo hace por prudencia, por dar un aire más confidencial a sus palabras o por el efecto amortiguador del barbijo, que además le empaña el cristal de sus gafas a cada rato.

Una noche Alberto se despierta sobresaltado y le cuenta a Julia lo que acaba de soñar. En el sueño, Alberto es requerido por su madre, aunque no queda muy claro si se trata de su madre o de una profesora francesa, una colega en el instituto en el que dio clases durante un año, en un pueblo no muy lejos de Lille, que curiosamente se llamaba Isabelle, como su madre. Su madre, o la profesora, le pide que averigüe si su marido frecuenta a otra mujer a quien Alberto conoce, si bien hace tiempo que ha borrado o perdido su número de teléfono. Esta coartada le dura unos segundos, ya que su madre, o la profesora francesa, sí tiene el número de teléfono, y acto seguido obliga a Alberto a quedar con la mujer allí mismo, en casa de la profesora que al mismo tiempo podría ser su madre. Lo que sí está claro es que el marido en cuestión es el padre de Alberto. De hecho, Alberto lo ve, o lo imagina con todo lujo de detalles, entrando en el portal del edificio donde vive la mujer. En cualquier caso, la mujer accede a encontrarse con Alberto. Una vez en el salón de la casa de su madre o de la profesora, un salón que recuerda vagamente a los saloncitos impersonales de los apartamentos turísticos de playa, se sienta en un sillón junto al sofá en el que se sienta Alberto. Desde la cocina se oye ruido de platos y cubiertos. La mujer tiene el pelo rubio, casi blanco, muy corto y peinado con la raya a un lado, una mezcla entre Jean Seberg en Al final de la escapada y Brigitte Nielsen, y tiene los ojos azules, de un azul glacial, se podría decir cruel, pero en cuanto empieza a hablar se comprende que su carácter no es en absoluto cruel, más bien duro, o endurecido, y también tiene unos pechos enormes. Le cuenta que su marido la ha abandonado y que su madre ha muerto recientemente, lo que inhibe a Alberto de persistir en su investigación, no así de mantener unas tibias expectativas sexuales.

Entonces Alberto se despierta. Como era de esperar, tiene una erección. Le cuenta su sueño a Julia, que también acaba de despertarse y respira pesadamente a su lado en la penumbra del cuarto. En un primer momento, Alberto está convencido de haber soñado antes de esa noche con esa mujer. Ante la perspectiva de haber inventado un personaje que frecuenta sus sueños, le dice a Julia que podría ser lo más parecido a un fantasma que habría en su vida, aunque esto no es exacto. Y entonces recuerda en voz alta su año en Francia, como profesor de español en un pueblecito en Nord Pas de Calais, y el cuarto que le asignaron en la residencia del instituto, en la que pasó solo, se diría que aislado, cada fin de semana de aquel largo invierno cerca del Mar del Norte, prácticamente sobre las sepultadas trincheras del Somme, y así vuelve a quedarse poco a poco dormido, algo después que Julia.

A lo largo de la mañana del día siguiente, contra todo pronóstico para sí mismo, sobre todo porque en el fondo, o no tan en el fondo, le parece un asunto poco interesante, sigue pensando en el sueño, en su año en Francia y en los fantasmas. Por la tarde se siente enfermo, afiebrado, le arden los párpados, le duelen las articulaciones. Desde el principio, la amenaza de la epidemia planea sobre ellos como un buitre, da vueltas alrededor del lecho sobre el que yace Alberto como un pingüino de Magallanes, pero ninguno de los dos comenta nada al respecto. A cada uno de ellos por separado le sorprende, eso sí, no estar muy informados sobre la enfermedad, sobre sus síntomas, su evolución o el tratamiento, en caso de que existan tales cosas. En todo momento Julia permanece junto a Alberto, le prepara infusiones, le trae paracetamoles, en ocasiones incluso se acuesta a su lado. Cuando sale del cuarto para ir a la cocina o para bajar a la farmacia, toma la precaución de lavarse a conciencia las manos y la cara con jabón, tal y como han venido recomendando en los periódicos, la radio, la televisión, por mensaje de texto, en las pantallas electrónicas del metro y de las estaciones de tren.

Cuando sale a la calle el frío invierno austral la reconforta. Como la farmacia está cerrada sigue de largo, casi despreocupada, por momentos casi contenta. Es un día soleado, frío sol de invierno. En algún momento entra en un parque en el que no ha estado antes y cuyo nombre ignora. A la entrada del parque hay un monumento que conmemora al militar fundador de la ciudad. La luz dorada de la tarde se filtra por entre las ramas peladas de los árboles a la vera del camino de tierra. En un cruce toma la desviación de la derecha, abandona el camino y baja una pendiente cubierta de césped. Poco antes de alcanzar la acera se sienta y espera hasta que el sol se oculta tras un edificio. Se pone en pie y sale del parque y entra en una calle en la que no habría entrado sin sentir una punzada de inquietud de no ser porque desde que salió no se ha cruzado con nadie, y realmente no espera hacerlo. Realmente ya no espera nada, sólo le parece que los edificios son algo más altos que antes, y más grises o más apagados que antes, aunque es muy posible que se deba a la noche, que va cayendo sobre la ciudad, se dice a sí misma, si bien por otro lado es como si hubiera menguado, o como si hubiera vuelto a la infancia y sólo tuviera el punto de referencia de las cosas tal como fueron durante la vida adulta, de modo que ahora sólo tendría que esperar un poco más hasta volver a ser semilla, barro o nada.

lunes 16 de marzo de 2009

Soliloquio del vagabundo

Iba para escritor o algo.
En cualquier caso, tenía un plan, bueno o malo. También había un lugar y una mujer, pero el lugar no era este y la mujer ha desaparecido.
Llegué hace tiempo. Llegué para intentar hablar con ella, o al menos para verla por última vez. Llegué de noche, hacía frío. El aeropuerto estaba vacío, todo estaba cerrado menos la puerta por la que salí a la estación de trenes. Esperé un tren que me llevó al centro. Allí conseguí una habitación de hotel, me duché y me acosté. Por descontado, no dormí.
A la mañana siguiente salí y caminé diez minutos hasta su casa. No podía respirar. No sé por qué no toqué a la puerta. Tal vez porque sabía que estaría abierta. Entré en el pequeño recibidor y sin quitarme los zapatos irrumpí en su cuarto. Estaba vacío. La ventana estaba abierta. Hacía frío. Pensé que me iba a explotar la cabeza. También pensé que era el final y que lo que se acababa era algo que yo no había sabido identificar en su momento y que precisamente por eso no podría hacerlo volver. No sé cuánto tiempo pasé allí, en aquel cuarto vacío.
Al final salí a la calle. Nevaba.
Entré en el primer bar que encontré y tomé una copa, luego en otro bar, en un restaurante chino y finalmente en una pizzería libanesa, hasta que me emborraché y volví al hotel. Me echaron del hotel. Estuve deambulando por la ciudad. Me quedé dormido en un portal. Me despertó un portazo. Al cabo de un rato me di cuenta de que me habían robado la cartera. Hacía mucho frío, nevaba. Me perdí. Aparecí en medio de un barrio de casa bajas. Luego aparecí en mitad de un bosque. Olía a ajo. La primavera había llegado sin darme cuenta. Dormí a la sombra de los árboles hasta que empezaron a picarme los mosquitos. Tuve que huir. Corrí por una calle interminable detrás de los coches de policía. Me detuvieron. Me soltaron. Me lavé los pies en las fuentes. Me lavé las manos y la cara. Un día me lavé también el culo. Me detuvieron. Me soltaron. Alguna vez viajé en tranvía, una señora me dio una moneda pero no se sentó a mi lado. No me importó. Empecé a frecuentar ciertos lugares. Empezaron a llamarme "el español loco" (Der verrückte Spanokel, decían), cosa que para mí no tenía ningún sentido, pero me hacía gracia. Empecé a frecuentar el comedor de Sabine. Me gustaba estar allí. Tenía unos amplios ventanales y en las paredes habían pintado fachadas de casas bajas, austeras, con balcones, con un toldo, un escenario y banderines, como de pueblo italiano en fiestas. Allí hacía calor en invierno. Había sombra en verano. Allí la comida era buena todo el año. Los baños estaban limpios, sobre todo los lunes y los viernes. Trataban bien a la gente. No como esos hijos de puta que se mean en la barra de los bares. No como las odiosas mujeres que limpian en las casas. No como la mirada asesina de las madres de familia. No como el viento afilado de las calles que van a dar en el canal en las noches de invierno.
Una tarde Sabine se sentó a la mesa, en la silla vacía frente a mí. Me sonrió. Me dijo algo que, como de costumbre, no comprendí. Imaginé que me preguntaba si me gustaban los platos que me hacía la abuela. Imaginé que pretendía ser mi abuela. Asentí y seguí comiendo. Me sonrió de nuevo. Noté que alguien ocupaba la silla vacía a mi lado. Oí que alguien me hablaba en mi lengua. Una voz dulce de mujer. Cerré los ojos.
Me preguntó qué tal estaba. Me explicó que Sabine llevaba un tiempo deseando hablar conmigo, que ella había venido para hacer un reportaje y, como también estaba estudiando español, le había pedido ejercer de intérprete. Me vi bajando por una avenida a las calles del centro, y luego perdido en un laberinto con la mano ardiendo. Me preguntó mi nombre, me dijo el suyo. Me vi en el mar, sumergido. Un banco de peces giraba a mi alrededor. Me seguía hacia el fondo. Tu cara me suena, me dijo. También me vi caminando por un bosque nevado. Se oían gritos a lo lejos. Risas se oían. Su voz era un susurro. Me preguntó si conocía Salamanca. Si conocía Canarias. Me vi bajando a un lago helado. Tenía miedo, pero al mismo tiempo confiaba. Me preguntó otras cosas, me contó que estaba a punto de irse a Buenos Aires un tiempo, y luego a Cuba. Me vi en un cuarto. En alguna parte había una estufa en la que se quemaba un cepillo de dientes. También había estanterías, una mesa, una silla, un sofá, una butaca, una mesilla. Había un armario. Había un tocador. Todo era de madera oscura. También había una cama que era como un altar. A un lado había una pequeña ventana secreta. Una ventana sin estrellas. Al otro lado de la ventana se veía la estructura ósea de un andamio y más allá una oscuridad total. Tenía miedo, pero me acerqué y abrí la ventana. La contraventana abrí. Un viento frío me golpeó la cara, me dejó sin aliento. Era la hora. Había que irse, pero yo sólo quería quedarme un minuto más.

sábado 14 de marzo de 2009

El tiempo en Leipzig

Temperatura máxima, ocho grados.
Mínima, cuatro.
Y en la punta de mis dedos.

domingo 11 de enero de 2009

Cine sordo

Empezamos a hacer cine sordo a finales del año pasado con la cámara de Miguel. Éramos Marta O'Hara, Manolo, el propio Miguel y yo. La idea fue un poco de todos: deshacer el camino recorrido por el cine para explorar todas las posibilidades que se habían ido descartando. Cine sordo porque O'Hara nos explicó que el cine nunca había sido mudo, ya que los actores podían hablar, y de hecho lo hacían, pero su voz no podía grabarse (no podía ser oída), lo que obligaba a potenciar la escenografía, el lenguaje corporal y los gestos (del mismo modo en que las personas que son sordas pueden hablar pero, al no oírse, no pueden aprender a modular su tono de voz). O'Hara estudiaba interpretación del lenguaje de signos. Cine sordo, por lo tanto, y a todo color.
Hicimos dos películas, rodadas sin permiso en exteriores como el casco antiguo de la ciudad, o los alrededores de una finca que tenían unos tíos de Miguel en el campo. La primera quería ser un homenaje a las películas de zombis de Romero. En la segunda nos propusimos ir sobre seguro y apostamos por algo que ya había aparecido en la primera: una cierta inclinación por el cine expresionista alemán. Para ello construimos un decorado de cartón piedra en el que abundaban los pasillos angostos, los tejados oblicuos y las escaleras absurdas.
Para la tercera película decidimos quemar todas las naves. Una película sobre nuestros recuerdos, o al menos sobre una selección de nuestros recuerdos. Nos reunimos durante un fin de semana en la casa de campo de los tíos de Miguel e intentamos una lluvia de ideas que mojamos en ron. Llegamos el viernes por la tarde, y esa misma noche, sentados alrededor de una mesa redonda de madera en el salón, los vasos vacíos y los ceniceros llenos, Manolo evocó un día en clase de literatura, en el instituto. La profesora leyó un fragmento de un relato de Graham Greene y pidió una interpretación de lo que allí se contaba, algo sobre unos titulares de periódico y unos rumores que hablaban de un robo o un incendio en casa de un viejo. Alguien levantó la mano y dijo algo que ponía en evidencia que no lo había leído. La profesora recurrió al sarcasmo para reprocharle su estupidez y preguntó al compañero que estaba sentado a la izquierda de Manolo (un tal Domingo, aunque no estoy seguro, dijo Manolo) y este hizo un comentario muy acertado, algo sobre la ironía de representar la destrucción del mundo a muy pequeña escala para comprobar qué podría pasar si se intentaba cambiar las cosas. Durante unos segundos, según Manolo, se creó ese silencio puro de reflexión y reconocimiento colectivos. Entonces oyeron que había entrado alguien en el aula. Oyeron la puerta abrirse y luego cerrarse, y algo así como un ligero viento que traía el olor inconfundible de los pasillos y las aulas, y también otro olor, un olor vago a mediodía en cualquier otra parte. Todos se giraron y se encontraron con una desconocida clavada en mitad del pasillo que se abría entre los pupitres después de la puerta. La profesora, algo molesta, le preguntó en qué podía ayudarla y ella explicó que acababa de matricularse y preguntó dónde podía sentarse. La profesora la invitó a sentarse al lado del chico que le pareciera más guapo. La profesora era así, dijo Manolo, encogiéndose de hombros y arqueando las cejas, y explicó que incluso se había puesto nervioso, porque la nueva era bastante guapa. Ella había mirado a Tomás y a Elisa, a Benjamín y a Rosa, y finalmente había detenido la vista, pero apenas un segundo, en Domingo, que era el único de toda la clase que en ese momento acababa de girarse para mirar a la nueva. Acto seguido la profesora le pidió a Rosa, sentada a la izquierda de Domingo, que le cediese su asiento a la nueva, y a todos, Manolo ahora sí estaba seguro, les pareció bien. A nosotros también, pero O'Hara no tardó en preguntarse, en preguntarnos, algo que ya rondaba en la cabeza de todos: cómo podría rodarse una escena así según las convenciones del cine sordo. Porque una cosa era poner a unos zombis a tambalearse detrás de una chica aterrada al ritmo de la música pop que había compuesto Manolo para la ocasión (e interpretado con una pequeña ayuda de su grupo, Los Cerdos Catódicos), y otra muy distinta montar una escena en la que hubiera una cita literaria y los diálogos, en definitiva, tuvieran tanto peso. Al cabo de un rato vimos que era posible: la profesora sentada sobre su mesa con un libro en una mano, la otra mano enfatizando la lectura, la profesora deja de leer, se levanta y se pasea de un lado a otro del aula, una mano alzada pide su turno, una alumna interviene, la profesora endurece la mirada y dice algo, los compañeros alrededor de la alumna, en primer plano, visiblemente avergonzada, se burlan, y así hasta completar la escena. Seguimos bebiendo, fumando, hablando.
Amanecía cuando Miguel nos habló de un viaje a India con sus dos hermanos un año después de la muerte de su padre, después de un año sin verse. Según Miguel, el viaje había sido idea de su hermano mayor, Paco, que los había convocado en una estación de trenes en lo que debía ser el punto de partida de un reencuentro fraterno. Una noche, en el compartimento, Paco se le acercó y le recriminó que estuviera afeitándose con la hojilla de su padre, ya que no le pertenecían exclusivamente a él ni la hojilla ni el padre, y añadió que el hermano pequeño, Jacobo, que en aquel momento se pasaba la maquinilla por los alrededores de su bigote, mirándose al espejo por encima del hombro de Miguel, pensaba lo mismo, cosa que Jacobo negó de inmediato. La discusión fue caldeándose, Miguel lanzó el cinturón del padre a la cara de Paco y llegaron a las manos. En ese momento, Jacobo decidió hacer uso de una pistola de gas pimienta que había comprado poco antes en un mercado, rociando a sus hermanos en la cara cuando ambos forcejeaban en el suelo. Miguel nos preguntó si alguna vez habíamos tenido una experiencia con gas pimienta, y entonces les dije que sí, que en Argel una tarde mi compañera de piso, mientras aparcábamos el coche, me había hablado del spray de gas pimienta que solía llevar en el bolso, me lo había enseñado y, una vez en mis manos, sin darle muchas vueltas, sólo por curiosidad, yo había liberado una breve nube de polvo, nada o casi nada, pero lo suficiente como para obligarnos a salir del coche completamente cegados, a tientas, y a dejar las tres puertas abiertas hasta que nos aseguramos de que el gas pimienta se había esfumado, una media hora más tarde. Reímos. Entre todos decidimos que en la película, después de que el hermano pequeño rociara a sus hermanos mayores con gas pimienta, hubiera una persecución a lo largo del tren hasta que Jacobo se diese de bruces contra la puerta de cristal del vagón restaurante, rompiéndola en mil pedazos. Nos parecía una escena digna del mejor Buster Keaton. Nos fuimos a dormir.
Me despertó un ruido ligero en el salón, una luz tenue. Me levanté y encontré a O'Hara sentada en el sofá, un sofá de cuero marrón claro, fumando a solas, mirando el humo que se concentraba en el techo. Al otro lado de las ventanas anochecía. Hacía frío o al menos me lo parecía. Me miró y sonrió, toda dientes. O'Hara casi siempre parecía tener once años. Se lo dije. Me senté en una butaca a juego con el sofá, frente a ella. Se encogió de hombros y dio una calada.
-Me acuerdo que de chica me gustaba estar todo el día en casa comiendo cotufas y haciendo cofeti para tirarlo a la menor oportunidad, en cualquier parte. Una mañana me llovieron cereales de colores y fui feliz. Siempre he pensado que ese podría ser el principio de mi película favorita -dijo, y echó una bocanada de humo-. La película de mi vida...
La hubiera abrazado de no ser porque en ese momento una llave hizo girar la cerradura y entraron en la casa dos tipos que en un principio se sorprendieron de encontrarnos. Uno de ellos se presentó como el tío de Miguel, el otro como su padre. En ese momento sentí que O'Hara y yo nos desdibujábamos, como en aquella película en que el protagonista viajaba en el tiempo hacia el pasado e interfería en el flechazo entre sus padres, y en la foto que llevaba consigo, en la que posaba con sus hermanos, las figuras poco a poco se iban difuminando hasta desaparecer.

domingo 12 de octubre de 2008

Mikado

Al echar la pasta en el caldero, algunos espaguetis se sueltan como hebras y caen al suelo. Eso piensa: se deshilachan como la costura de la manga de una camiseta algo raída.
Al recoger los espaguetis del suelo es como volver a jugar al mikado. Se acuerda, para ser exactos, de la única vez que ha jugado, en el salón de la casa de una amiga. La amiga se había ido de viaje y le había encomendado el cuidado de su bóxer.
Fue un exceso de confianza por parte de su amiga y de él mismo.
La primera vez que lo sacó hubo un "pequeño incidente" (así lo consideró después de un rato, con cierta perspectiva) y decidió que no volvería a hacerlo solo.
Para asegurarse, llamó a Paula, y la llamó en parte porque necesitaba verla y pensó que era una excusa tan buena como cualquier otra, en parte también porque era la única persona, además de la amiga ausente, con quien había sacado a un perro en su vida.
Paula envió un mensaje a la una de la madrugada, una media hora después de que él hubiera perdido toda esperanza o se hubiera quedado dormido en una postura incómoda (la cabeza apoyada en el brazo del sofá, un brazo atrapado entre su costado y el sofá, las piernas apoyadas una sobre otra en una mesita baja con la superficie de cristal que había frente al sofá).
En el mensaje podía leerse: Puedo tirar piedras a tu ventana?
Se asomó y la vio, tres pisos más abajo, mirando hacia arriba. Le pareció que era todo ojos y sintió un escalofrío. Ella sonrió.
Descolgó el auricular del telefonillo, lo posó sobre su hombro y pulsó el único botón, junto al que aparecía representada en relieve una llave. Se oyó un zumbido eléctrico, el chasquido del pestillo y un portazo. Luego, silencio. Un silencio extraño, como si todavía estuviera soñando y fuera a despertarse de un momento a otro, o como si Paula, en lugar de estar subiendo por las escaleras, subiera volando como una nube de humo.
Abrió la puerta con cuidado y la encontró al otro lado, sonriendo. El bóxer empezó a ladrar.
La invitó a pasar, le preguntó si quería tomar algo. Una cerveza, dijo ella. Abrió la nevera y sacó dos. Se sentaron en unos taburetes altos que había alrededor de una especie de barra y brindaron.
-¿Y bien?
-Necesito que me ayudes a sacar al perro.
-¿No puedes solo? -dijo, abriendo mucho los ojos, sin dejar de sonreír.
-No, ya lo intenté esta tarde y tuve un pequeño incidente.
-¿Qué pasó?
Le contó que habían ido al parque que hay justo al lado de la Fuente Luminosa y le había quitado la correa. A pesar de que en cuanto lo soltó sospechó lo que iba a pasar, no se dio realmente cuenta hasta que el animal se encontraba a unos cien metros, empezó a llamarlo y no se detuvo. Sintió que algo se movía, se soltaba o se desencajaba en su interior, y él también echó a correr detrás del perro. El perro acababa de desaparecer detrás de un edificio cuando se oyó una pita y un frenazo. Temió lo peor. Al doblar la esquina, se encontró con una escena que se fijó de inmediato en su memoria: un coche detenido con los faros encendidos, dentro del coche dos mujeres y frente al coche el perro, erguido sobre sus cuatro patas, sobre un paso de peatones, mirando el coche. Se acercó y le puso la correa sin que opusiera resistencia. Volvieron caminando a casa. Él se alegraba de que el animal estuviera sano y salvo, sentía que se le aflojaban todos los músculos y recuperaba poco a poco la firmeza de sus pasos. El perro se dedicaba a pararse y a olisquear todos los rincones. Por primera vez se dio cuenta (pero tal vez no lo había pensado antes, dijo) de que no le molestaban ni su indiferencia ni los tirones que daba a la correa.
-Está bien, te ayudaré.
Terminaron las cervezas y sacaron al perro. El perro y Paula se hicieron amigos o algo parecido. En la calle el viento agitaba las hojas de las palmeras y casi podía notarse que iba a llover de un momento a otro.
De vuelta en la casa jugaron al mikado, desnudos sobre la alfombra, después de follar. Paula le dijo que debía de ser turca, que sus padres habían traído una igual de Estambul. Entonces el agua vuelve a hervir y él todavía no logra comprender dónde se han metido los palitos con tres aros rojos, y alguien le habla desde el salón, otro salón en otro país, y pregunta irónicamente se non sarebbe mica possibile mangiare prima di domani.

domingo 5 de octubre de 2008

Personificación

En el eterno último segundo antes de la colisión, un rumor casi unánime recorre sótanos y azoteas, palacios y chabolas.
-¡¡¡Meteorito hijo de put...

viernes 29 de agosto de 2008

La pesca

Pasa las noches en vela mirando a los ojos de la foto de aquel pasaporte de superficie áspera y ondulada, sin saber muy bien por qué lo hace. En ocasiones quiere preguntarle algo, pero no sabe qué, así que se limita a sostenerle la mirada hasta que ya no puede más y se va quedando dormido, si hay suerte, mucho antes de que comience a clarear el cielo al otro lado de la ventana. Entonces su madre le despierta.
-Salvador.
Ese día, y el siguiente, hay que volver a hacerse a la mar. Y al siguiente también hay que desayunar fuerte de madrugada, volver a bajar hasta la playa, encogido, mientras los perros del pueblo le ladran al paso, y en la playa seguramente le estarán ya esperando Paco y Lorenzo. En silencio suben las redes, arrastran la falúa hasta la orilla y se embarcan. Y así día tras día, de generación en generación.
Salvador ve alejarse a golpe de remo las casas blancas del pueblo, el viejo fortín de piedra y la torre del campanario de la iglesia, las ve desaparecer al bordear la costa de ese rincón de la isla. En vano intenta recordar la última vez que se fijó, de modo que se le ocurre que podría tratarse de la primera.
Reman unas dos horas. A medio camino se hace de día. Durante un buen rato una ruidosa nube de gaviotas sobrevuela la embarcación. Fondean no demasiado lejos de una playa desierta y calan las redes antes de que el sol asome sobre los acantilados. A media mañana toman unas cervezas bien frías. Empieza a hacer calor.
-A ver si hoy hay suerte -murmura Lorenzo sin apartar la vista del mar.
-A ver, a ver -dice Paco.
Sopla una brisa mansa. La marea está en calma, tanto que se puede ver bien el fondo, oscuro con algún claro de arena entre las rocas. La falúa se balancea suavemente y se oye el chasquido del agua al lamer la madera del casco. Las boyas blancas que marcan la posición de las redes respingan sobre la superficie, y a Salvador le recuerdan a las cabezas de los turistas que recorren cada verano la playa del pueblo de un lado a otro, nadando a braza con esos relucientes gorros de silicona encasquetados.
-Y a ti qué, ¿ya no te gusta la cerveza, compadre? -pregunta Lorenzo, levantando la cabeza hacia Salvador, sonriendo. El gesto subraya las profundas arrugas sobre su rostro curtido, bronceado. Se burla. De algún modo, la burla es síntoma de preocupación y eso es algo de lo que todos a bordo se dan cuenta enseguida. Una preocupación muy tenue, en todo caso, por sí mismo, y tal vez incluso algo parecido a los remordimientos.
-El otro día estuve hablando a la salida de la playa con el sargento -dice Lorenzo-. Quiso saber si había vuelto a pasar, y me dijo que había hablado con los otros, con Rafael y Víctor y los otros, y que cada vez pasa menos, que no nos preocupemos, que un día será como si no hubiera pasado nada.
Paco asiente con la cabeza mientras enciende un cigarrillo. Con el sol cayendo a plomo sobre ellos, se hace la hora de recoger la red. Salvador gobierna la embarcación con los remos, Paco y Lorenzo se ponen manos a la obra. Manos de dedos gruesos, duras pero ligeras, cubiertas de cicatrices, que van levando las redes y amontonándolas sobre la cubierta. Las mismas redes que ahora vuelven salpicadas de pescados de vivos colores: pescados rojos, plateados, verdosos y azulados que aletean en un último intento desesperado por zafarse. Un mosaico deslumbrante en el que abundan las viejas, pero también bastantes brecas, algún rascacio, un pulpo, dos o tres estrellas, muchos gueldes y fulas blancas y negras. Es una buena captura y lo saben, por más que no puedan aprovechar hasta el último pescado: siempre los hay mordidos por otros peces, o estropeados, o que sencillamente no se venden.
Poco antes de terminar la faena aparece enredado un pie humano, hinchado, en el que es posible reconocer aquí y allá pequeños bocados de pez. El tobillo asoma por entre los jirones de piel. Salvador considera para sí que podría pertenecer a alguno de los cuerpos, cada vez menos enteros, que llevan semanas recogiendo entre sus redes y devolviendo de inmediato al mar. Puede que incluso sea del muchacho paquistaní cuyo pasaporte encontró en la orilla de la playa hace unos días. En el fondo, podría ser el pie de cualquiera. Paco lo desenreda y lo arroja de nuevo al mar. Esta vez Lorenzo no dice, por ejemplo, que es mejor así, que hay que comer. Nadie dice nada. En silencio terminan el virado y vuelven a tierra, y desembarcan la pesca.
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