jueves 9 de abril de 2009

La lengua, el chawarma y el lector italiano

Aquella mañana tenía una reunión de departamento en la facultad. A las nueve. A pesar de haber salido dos horas antes de casa, llegó una hora tarde. Mientras cruzaba el pasillo sorteando los pequeños grupos de alumnos apostados aquí y allá, se cruzó con otra profesora, que le dio los buenos días con lo que él interpretó como una mezcla de piedad y reproche. Sin pararse le preguntó si la reunión había terminado y ella acompañó el gesto con la cabeza, arriba y abajo y arriba, con un "sí" y una sonrisa lobuna de dientes blancos, perfectamente alineados.
Justo al entrar en la zona administrativa se cruzó también con la jefa de departamento, una mujer que compensaba su aspecto de momia inca con una gran actividad y que le hizo un gesto para que la esperase un momento, y, casi al mismo tiempo, con el lector italiano, que estaba a su vez flanqueado por dos de los tres encargados de la única máquina fotocopiadora del departamento. Quedó con el lector italiano en tomar un café y siguió a la jefa de departamento, que había reaparecido a través de una puerta lateral diferente de aquella por la que se había ido apenas unos segundos antes, y que lo llevó hasta la sala de reuniones, en la que entró por primera vez desde que había llegado en noviembre, hacía ya medio año. Se sintió honrado y decepcionado al mismo tiempo. La sala era pequeña y austera, oscura, incómoda pero íntima. Le gustó como le había gustado esconderse detrás de un sofá o dentro de un armario durante la infancia. Se sintió, por último, reconfortado. La jefa de departamento le hizo una versión express y abreviada de la reunión que acababa de tener lugar allí apenas unos minutos antes, le dio las indicaciones pertinentes, le preguntó si tenía alguna duda, escrutó su mirada como tratando de desentrañar algo que seguramente no había y se despidió antes de recibir a los profesores del departamento de alemán.
A la salida se encontró de nuevo con el lector italiano. Pietro Paschi, cincuenta años (una edad impropia para ser lector, o por lo menos para la idea que tenía de un lector), los dos últimos en aquella plaza de aquella universidad de aquel país. Cuando se encontraban, se acordaba casi siempre de una escena de Apocalypse now en la que Martin Sheen llega al final del río, donde se supone que está Marlon Brando, a quien debe matar, y por todos lados hay gente ahorcada y cadáveres flotando, y en tierra le recibe gente armada con el cuerpo pintado que parece alucinada o drogada. Al desembarcar le sale al paso Dennis Hopper, que, a juzgar por su aspecto, debe de ser un reportero perdido en aquella guerra, con los nervios destrozados y dos o tres cámaras colgando del cuello, y que no deja de repetirle a Martin Sheen que todo está bien allí, que no pasa nada.
Deambulan un rato por la facultad y luego por los alrededores de la facultad, charlando y haciendo tiempo antes de sus respectivas clases, y en un momento dado deciden comerse un chawarma. Pietro Paschi le lleva a un sitio que conoce y le aconseja demasiado tarde que pida que no le pongan lechuga y tomate en el chawarma, pero para ese momento ya está el chawarma a rebosar de lechuga y tomate, y le da cierto apuro pedirle que se lo quiten, en parte porque siempre lo miran a uno raro cuando hace algo así, en parte porque le da una repentina pereza tener que dar cualquier tipo de explicación en otro idioma. De ese modo acepta el chawarma con todo y se permite incluso el lujo de ironizar sobre las manías de Pietro Paschi, cosa que obliga a este a justificarse.
De modo que una hora después de comerse aquel chawarma, ya en mitad de una clase, empieza a escocerle la lengua de un modo espantoso. Y piensa en Pietro Paschi alejándose por uno de los caminos de tierra de la facultad, después de haberse despedido, muy ceremoniosos los dos, justo cuando empezaba a llover, tal y como el propio Pietro Paschi había predicho un minuto antes. Y siente una tristeza afilada, y piensa también en Dennis Hopper y en Martin Sheen, dos extranjeros que se reconocen en mitad del horror o del desconcierto, y uno de ellos repite que allí no pasa nada, que todo está bien, y siente que esto lo explica todo, sobre todo cuando no hay mucho que explicar, y además no era necesario.

lunes 16 de marzo de 2009

Soliloquio del vagabundo

Iba para escritor o algo.
En cualquier caso, tenía un plan, bueno o malo. También había un lugar y una mujer, pero el lugar no era este y la mujer ha desaparecido.
Llegué hace tiempo. Llegué para intentar hablar con ella, o al menos para verla por última vez. Llegué de noche, hacía frío. El aeropuerto estaba vacío, todo estaba cerrado menos la puerta por la que salí a la estación de trenes. Esperé un tren que me llevó al centro. Allí conseguí una habitación de hotel, me duché y me acosté. Por descontado, no dormí.
A la mañana siguiente salí y caminé diez minutos hasta su casa. No podía respirar. No sé por qué no toqué a la puerta. Tal vez porque sabía que estaría abierta. Entré en el pequeño recibidor y sin quitarme los zapatos irrumpí en su cuarto. Estaba vacío. La ventana estaba abierta. Hacía frío. Pensé que me iba a explotar la cabeza. También pensé que era el final y que lo que se acababa era algo que yo no había sabido identificar en su momento y que precisamente por eso no podría hacerlo volver. No sé cuánto tiempo pasé allí, en aquel cuarto vacío.
Al final salí a la calle. Nevaba.
Entré en el primer bar que encontré y tomé una copa, luego en otro bar, en un restaurante chino y finalmente en una pizzería libanesa, hasta que me emborraché y volví al hotel. Me echaron del hotel. Estuve deambulando por la ciudad. Me quedé dormido en un portal. Me despertó un portazo. Al cabo de un rato me di cuenta de que me habían robado la cartera. Hacía mucho frío, nevaba. Me perdí. Aparecí en medio de un barrio de casa bajas. Luego aparecí en mitad de un bosque. Olía a ajo. La primavera había llegado sin darme cuenta. Dormí a la sombra de los árboles hasta que empezaron a picarme los mosquitos. Tuve que huir. Corrí por una calle interminable detrás de los coches de policía. Me detuvieron. Me soltaron. Me lavé los pies en las fuentes. Me lavé las manos y la cara. Un día me lavé también el culo. Me detuvieron. Me soltaron. Alguna vez viajé en tranvía, una señora me dio una moneda pero no se sentó a mi lado. No me importó. Empecé a frecuentar ciertos lugares. Empezaron a llamarme "el español loco" (Der verrückte Spanokel, decían), cosa que para mí no tenía ningún sentido, pero me hacía gracia. Empecé a frecuentar el comedor de Sabine. Me gustaba estar allí. Tenía unos amplios ventanales y en las paredes habían pintado fachadas de casas bajas, austeras, con balcones, con un toldo, un escenario y banderines, como de pueblo italiano en fiestas. Allí hacía calor en invierno. Había sombra en verano. Allí la comida era buena todo el año. Los baños estaban limpios, sobre todo los lunes y los viernes. Trataban bien a la gente. No como esos hijos de puta que se mean en la barra de los bares. No como las odiosas mujeres que limpian en las casas. No como la mirada asesina de las madres de familia. No como el viento afilado de las calles que van a dar en el canal en las noches de invierno.
Una tarde Sabine se sentó a la mesa, en la silla vacía frente a mí. Me sonrió. Me dijo algo que, como de costumbre, no comprendí. Imaginé que me preguntaba si me gustaban los platos que me hacía la abuela. Imaginé que pretendía ser mi abuela. Asentí y seguí comiendo. Me sonrió de nuevo. Noté que alguien ocupaba la silla vacía a mi lado. Oí que alguien me hablaba en mi lengua. Una voz dulce de mujer. Cerré los ojos.
Me preguntó qué tal estaba. Me explicó que Sabine llevaba un tiempo deseando hablar conmigo, que ella había venido para hacer un reportaje y, como también estaba estudiando español, le había pedido ejercer de intérprete. Me vi bajando por una avenida a las calles del centro, y luego perdido en un laberinto con la mano ardiendo. Me preguntó mi nombre, me dijo el suyo. Me vi en el mar, sumergido. Un banco de peces giraba a mi alrededor. Me seguía hacia el fondo. Tu cara me suena, me dijo. También me vi caminando por un bosque nevado. Se oían gritos a lo lejos. Risas se oían. Su voz era un susurro. Me preguntó si conocía Salamanca. Si conocía Canarias. Me vi bajando a un lago helado. Tenía miedo, pero al mismo tiempo confiaba. Me preguntó otras cosas, me contó que estaba a punto de irse a Buenos Aires un tiempo, y luego a Cuba. Me vi en un cuarto. En alguna parte había una estufa en la que se quemaba un cepillo de dientes. También había estanterías, una mesa, una silla, un sofá, una butaca, una mesilla. Había un armario. Había un tocador. Todo era de madera oscura. También había una cama que era como un altar. A un lado había una pequeña ventana secreta. Una ventana sin estrellas. Al otro lado de la ventana se veía la estructura ósea de un andamio y más allá una oscuridad total. Tenía miedo, pero me acerqué y abrí la ventana. La contraventana abrí. Un viento frío me golpeó la cara, me dejó sin aliento. Era la hora. Había que irse, pero yo sólo quería quedarme un minuto más.

sábado 14 de marzo de 2009

El tiempo en Leipzig

Temperatura máxima, ocho grados.
Mínima, cuatro.
Y en la punta de mis dedos.

domingo 11 de enero de 2009

Cine sordo

Empezamos a hacer cine sordo a finales del año pasado con la cámara de Miguel. Éramos Marta O'Hara, Manolo, el propio Miguel y yo. La idea fue un poco de todos: deshacer el camino recorrido por el cine para explorar todas las posibilidades que se habían ido descartando. Cine sordo porque O'Hara nos explicó que el cine nunca había sido mudo, ya que los actores podían hablar, y de hecho lo hacían, pero su voz no podía grabarse (no podía ser oída), lo que obligaba a potenciar la escenografía, el lenguaje corporal y los gestos (del mismo modo en que las personas que son sordas pueden hablar pero, al no oírse, no pueden aprender a modular su tono de voz). O'Hara estudiaba interpretación del lenguaje de signos. Cine sordo, por lo tanto, y a todo color.
Hicimos dos películas, rodadas sin permiso en exteriores como el casco antiguo de la ciudad, o los alrededores de una finca que tenían unos tíos de Miguel en el campo. La primera quería ser un homenaje a las películas de zombis de Romero. En la segunda nos propusimos ir sobre seguro y apostamos por algo que ya había aparecido en la primera: una cierta inclinación por el cine expresionista alemán. Para ello construimos un decorado de cartón piedra en el que abundaban los pasillos angostos, los tejados oblicuos y las escaleras absurdas.
Para la tercera película decidimos quemar todas las naves. Una película sobre nuestros recuerdos, o al menos sobre una selección de nuestros recuerdos. Nos reunimos durante un fin de semana en la casa de campo de los tíos de Miguel e intentamos una lluvia de ideas que mojamos en ron. Llegamos el viernes por la tarde, y esa misma noche, sentados alrededor de una mesa redonda de madera en el salón, los vasos vacíos y los ceniceros llenos, Manolo evocó un día en clase de literatura, en el instituto. La profesora leyó un fragmento de un relato de Graham Greene y pidió una interpretación de lo que allí se contaba, algo sobre unos titulares de periódico y unos rumores que hablaban de un robo o un incendio en casa de un viejo. Alguien levantó la mano y dijo algo que ponía en evidencia que no lo había leído. La profesora recurrió al sarcasmo para reprocharle su estupidez y preguntó al compañero que estaba sentado a la izquierda de Manolo (un tal Domingo, aunque no estoy seguro, dijo Manolo) y este hizo un comentario muy acertado, algo sobre la ironía de representar la destrucción del mundo a muy pequeña escala para comprobar qué podría pasar si se intentaba cambiar las cosas. Durante unos segundos, según Manolo, se creó ese silencio puro de reflexión y reconocimiento colectivos. Entonces oyeron que había entrado alguien en el aula. Oyeron la puerta abrirse y luego cerrarse, y algo así como un ligero viento que traía el olor inconfundible de los pasillos y las aulas, y también otro olor, un olor vago a mediodía en cualquier otra parte. Todos se giraron y se encontraron con una desconocida clavada en mitad del pasillo que se abría entre los pupitres después de la puerta. La profesora, algo molesta, le preguntó en qué podía ayudarla y ella explicó que acababa de matricularse y preguntó dónde podía sentarse. La profesora la invitó a sentarse al lado del chico que le pareciera más guapo. La profesora era así, dijo Manolo, encogiéndose de hombros y arqueando las cejas, y explicó que incluso se había puesto nervioso, porque la nueva era bastante guapa. Ella había mirado a Tomás y a Elisa, a Benjamín y a Rosa, y finalmente había detenido la vista, pero apenas un segundo, en Domingo, que era el único de toda la clase que en ese momento acababa de girarse para mirar a la nueva. Acto seguido la profesora le pidió a Rosa, sentada a la izquierda de Domingo, que le cediese su asiento a la nueva, y a todos, Manolo ahora sí estaba seguro, les pareció bien. A nosotros también, pero O'Hara no tardó en preguntarse, en preguntarnos, algo que ya rondaba en la cabeza de todos: cómo podría rodarse una escena así según las convenciones del cine sordo. Porque una cosa era poner a unos zombis a tambalearse detrás de una chica aterrada al ritmo de la música pop que había compuesto Manolo para la ocasión (e interpretado con una pequeña ayuda de su grupo, Los Cerdos Catódicos), y otra muy distinta montar una escena en la que hubiera una cita literaria y los diálogos, en definitiva, tuvieran tanto peso. Al cabo de un rato vimos que era posible: la profesora sentada sobre su mesa con un libro en una mano, la otra mano enfatizando la lectura, la profesora deja de leer, se levanta y se pasea de un lado a otro del aula, una mano alzada pide su turno, una alumna interviene, la profesora endurece la mirada y dice algo, los compañeros alrededor de la alumna, en primer plano, visiblemente avergonzada, se burlan, y así hasta completar la escena. Seguimos bebiendo, fumando, hablando.
Amanecía cuando Miguel nos habló de un viaje a India con sus dos hermanos un año después de la muerte de su padre, después de un año sin verse. Según Miguel, el viaje había sido idea de su hermano mayor, Paco, que los había convocado en una estación de trenes en lo que debía ser el punto de partida de un reencuentro fraterno. Una noche, en el compartimento, Paco se le acercó y le recriminó que estuviera afeitándose con la hojilla de su padre, ya que no le pertenecían exclusivamente a él ni la hojilla ni el padre, y añadió que el hermano pequeño, Jacobo, que en aquel momento se pasaba la maquinilla por los alrededores de su bigote, mirándose al espejo por encima del hombro de Miguel, pensaba lo mismo, cosa que Jacobo negó de inmediato. La discusión fue caldeándose, Miguel lanzó el cinturón del padre a la cara de Paco y llegaron a las manos. En ese momento, Jacobo decidió hacer uso de una pistola de gas pimienta que había comprado poco antes en un mercado, rociando a sus hermanos en la cara cuando ambos forcejeaban en el suelo. Miguel nos preguntó si alguna vez habíamos tenido una experiencia con gas pimienta, y entonces les dije que sí, que en Argel una tarde mi compañera de piso, mientras aparcábamos el coche, me había hablado del spray de gas pimienta que solía llevar en el bolso, me lo había enseñado y, una vez en mis manos, sin darle muchas vueltas, sólo por curiosidad, yo había liberado una breve nube de polvo, nada o casi nada, pero lo suficiente como para obligarnos a salir del coche completamente cegados, a tientas, y a dejar las tres puertas abiertas hasta que nos aseguramos de que el gas pimienta se había esfumado, una media hora más tarde. Reímos. Entre todos decidimos que en la película, después de que el hermano pequeño rociara a sus hermanos mayores con gas pimienta, hubiera una persecución a lo largo del tren hasta que Jacobo se diese de bruces contra la puerta de cristal del vagón restaurante, rompiéndola en mil pedazos. Nos parecía una escena digna del mejor Buster Keaton. Nos fuimos a dormir.
Me despertó un ruido ligero en el salón, una luz tenue. Me levanté y encontré a O'Hara sentada en el sofá, un sofá de cuero marrón claro, fumando a solas, mirando el humo que se concentraba en el techo. Al otro lado de las ventanas anochecía. Hacía frío o al menos me lo parecía. Me miró y sonrió, toda dientes. O'Hara casi siempre parecía tener once años. Se lo dije. Me senté en una butaca a juego con el sofá, frente a ella. Se encogió de hombros y dio una calada.
-Me acuerdo que de chica me gustaba estar todo el día en casa comiendo cotufas y haciendo cofeti para tirarlo a la menor oportunidad, en cualquier parte. Una mañana me llovieron cereales de colores y fui feliz. Siempre he pensado que ese podría ser el principio de mi película favorita -dijo, y echó una bocanada de humo-. La película de mi vida...
La hubiera abrazado de no ser porque en ese momento una llave hizo girar la cerradura y entraron en la casa dos tipos que en un principio se sorprendieron de encontrarnos. Uno de ellos se presentó como el tío de Miguel, el otro como su padre. En ese momento sentí que O'Hara y yo nos desdibujábamos, como en aquella película en que el protagonista viajaba en el tiempo hacia el pasado e interfería en el flechazo entre sus padres, y en la foto que llevaba consigo, en la que posaba con sus hermanos, las figuras poco a poco se iban difuminando hasta desaparecer.

domingo 12 de octubre de 2008

Mikado

Al echar la pasta en el caldero, algunos espaguetis se sueltan como hebras y caen al suelo. Eso piensa: se deshilachan como la costura de la manga de una camiseta algo raída.
Al recoger los espaguetis del suelo es como volver a jugar al mikado. Se acuerda, para ser exactos, de la única vez que ha jugado, en el salón de la casa de una amiga. La amiga se había ido de viaje y le había encomendado el cuidado de su bóxer.
Fue un exceso de confianza por parte de su amiga y de él mismo.
La primera vez que lo sacó hubo un "pequeño incidente" (así lo consideró después de un rato, con cierta perspectiva) y decidió que no volvería a hacerlo solo.
Para asegurarse, llamó a Paula, y la llamó en parte porque necesitaba verla y pensó que era una excusa tan buena como cualquier otra, en parte también porque era la única persona, además de la amiga ausente, con quien había sacado a un perro en su vida.
Paula envió un mensaje a la una de la madrugada, una media hora después de que él hubiera perdido toda esperanza o se hubiera quedado dormido en una postura incómoda (la cabeza apoyada en el brazo del sofá, un brazo atrapado entre su costado y el sofá, las piernas apoyadas una sobre otra en una mesita baja con la superficie de cristal que había frente al sofá).
En el mensaje podía leerse: Puedo tirar piedras a tu ventana?
Se asomó y la vio, tres pisos más abajo, mirando hacia arriba. Le pareció que era todo ojos y sintió un escalofrío. Ella sonrió.
Descolgó el auricular del telefonillo, lo posó sobre su hombro y pulsó el único botón, junto al que aparecía representada en relieve una llave. Se oyó un zumbido eléctrico, el chasquido del pestillo y un portazo. Luego, silencio. Un silencio extraño, como si todavía estuviera soñando y fuera a despertarse de un momento a otro, o como si Paula, en lugar de estar subiendo por las escaleras, subiera volando como una nube de humo.
Abrió la puerta con cuidado y la encontró al otro lado, sonriendo. El bóxer empezó a ladrar.
La invitó a pasar, le preguntó si quería tomar algo. Una cerveza, dijo ella. Abrió la nevera y sacó dos. Se sentaron en unos taburetes altos que había alrededor de una especie de barra y brindaron.
-¿Y bien?
-Necesito que me ayudes a sacar al perro.
-¿No puedes solo? -dijo, abriendo mucho los ojos, sin dejar de sonreír.
-No, ya lo intenté esta tarde y tuve un pequeño incidente.
-¿Qué pasó?
Le contó que habían ido al parque que hay justo al lado de la Fuente Luminosa y le había quitado la correa. A pesar de que en cuanto lo soltó sospechó lo que iba a pasar, no se dio realmente cuenta hasta que el animal se encontraba a unos cien metros, empezó a llamarlo y no se detuvo. Sintió que algo se movía, se soltaba o se desencajaba en su interior, y él también echó a correr detrás del perro. El perro acababa de desaparecer detrás de un edificio cuando se oyó una pita y un frenazo. Temió lo peor. Al doblar la esquina, se encontró con una escena que se fijó de inmediato en su memoria: un coche detenido con los faros encendidos, dentro del coche dos mujeres y frente al coche el perro, erguido sobre sus cuatro patas, sobre un paso de peatones, mirando el coche. Se acercó y le puso la correa sin que opusiera resistencia. Volvieron caminando a casa. Él se alegraba de que el animal estuviera sano y salvo, sentía que se le aflojaban todos los músculos y recuperaba poco a poco la firmeza de sus pasos. El perro se dedicaba a pararse y a olisquear todos los rincones. Por primera vez se dio cuenta (pero tal vez no lo había pensado antes, dijo) de que no le molestaban ni su indiferencia ni los tirones que daba a la correa.
-Está bien, te ayudaré.
Terminaron las cervezas y sacaron al perro. El perro y Paula se hicieron amigos o algo parecido. En la calle el viento agitaba las hojas de las palmeras y casi podía notarse que iba a llover de un momento a otro.
De vuelta en la casa jugaron al mikado, desnudos sobre la alfombra, después de follar. Paula le dijo que debía de ser turca, que sus padres habían traído una igual de Estambul. Entonces el agua vuelve a hervir y él todavía no logra comprender dónde se han metido los palitos con tres aros rojos, y alguien le habla desde el salón, otro salón en otro país, y pregunta irónicamente se non sarebbe mica possibile mangiare prima di domani.

domingo 5 de octubre de 2008

Personificación

En el eterno último segundo antes de la colisión, un rumor casi unánime recorre sótanos y azoteas, palacios y chabolas.
-¡¡¡Meteorito hijo de put...

viernes 29 de agosto de 2008

La pesca

Pasa las noches en vela mirando a los ojos de la foto de aquel pasaporte de superficie áspera y ondulada, sin saber muy bien por qué lo hace. En ocasiones quiere preguntarle algo, pero no sabe qué, así que se limita a sostenerle la mirada hasta que ya no puede más y se va quedando dormido, si hay suerte, mucho antes de que comience a clarear el cielo al otro lado de la ventana. Entonces su madre le despierta.
-Salvador.
Ese día, y el siguiente, hay que volver a hacerse a la mar. Y al siguiente también hay que desayunar fuerte de madrugada, volver a bajar hasta la playa, encogido, mientras los perros del pueblo le ladran al paso, y en la playa seguramente le estarán ya esperando Paco y Lorenzo. En silencio suben las redes, arrastran la falúa hasta la orilla y se embarcan. Y así día tras día, de generación en generación.
Salvador ve alejarse a golpe de remo las casas blancas del pueblo, el viejo fortín de piedra y la torre del campanario de la iglesia, las ve desaparecer al bordear la costa de ese rincón de la isla. En vano intenta recordar la última vez que se fijó, de modo que se le ocurre que podría tratarse de la primera.
Reman unas dos horas. A medio camino se hace de día. Durante un buen rato una ruidosa nube de gaviotas sobrevuela la embarcación. Fondean no demasiado lejos de una playa desierta y calan las redes antes de que el sol asome sobre los acantilados. A media mañana toman unas cervezas bien frías. Empieza a hacer calor.
-A ver si hoy hay suerte -murmura Lorenzo sin apartar la vista del mar.
-A ver, a ver -dice Paco.
Sopla una brisa mansa. La marea está en calma, tanto que se puede ver bien el fondo, oscuro con algún claro de arena entre las rocas. La falúa se balancea suavemente y se oye el chasquido del agua al lamer la madera del casco. Las boyas blancas que marcan la posición de las redes respingan sobre la superficie, y a Salvador le recuerdan a las cabezas de los turistas que recorren cada verano la playa del pueblo de un lado a otro, nadando a braza con esos relucientes gorros de silicona encasquetados.
-Y a ti qué, ¿ya no te gusta la cerveza, compadre? -pregunta Lorenzo, levantando la cabeza hacia Salvador, sonriendo. El gesto subraya las profundas arrugas sobre su rostro curtido, bronceado. Se burla. De algún modo, la burla es síntoma de preocupación y eso es algo de lo que todos a bordo se dan cuenta enseguida. Una preocupación muy tenue, en todo caso, por sí mismo, y tal vez incluso algo parecido a los remordimientos.
-El otro día estuve hablando a la salida de la playa con el sargento -dice Lorenzo-. Quiso saber si había vuelto a pasar, y me dijo que había hablado con los otros, con Rafael y Víctor y los otros, y que cada vez pasa menos, que no nos preocupemos, que un día será como si no hubiera pasado nada.
Paco asiente con la cabeza mientras enciende un cigarrillo. Con el sol cayendo a plomo sobre ellos, se hace la hora de recoger la red. Salvador gobierna la embarcación con los remos, Paco y Lorenzo se ponen manos a la obra. Manos de dedos gruesos, duras pero ligeras, cubiertas de cicatrices, que van levando las redes y amontonándolas sobre la cubierta. Las mismas redes que ahora vuelven salpicadas de pescados de vivos colores: pescados rojos, plateados, verdosos y azulados que aletean en un último intento desesperado por zafarse. Un mosaico deslumbrante en el que abundan las viejas, pero también bastantes brecas, algún rascacio, un pulpo, dos o tres estrellas, muchos gueldes y fulas blancas y negras. Es una buena captura y lo saben, por más que no puedan aprovechar hasta el último pescado: siempre los hay mordidos por otros peces, o estropeados, o que sencillamente no se venden.
Poco antes de terminar la faena aparece enredado un pie humano, hinchado, en el que es posible reconocer aquí y allá pequeños bocados de pez. El tobillo asoma por entre los jirones de piel. Salvador considera para sí que podría pertenecer a alguno de los cuerpos, cada vez menos enteros, que llevan semanas recogiendo entre sus redes y devolviendo de inmediato al mar. Puede que incluso sea del muchacho paquistaní cuyo pasaporte encontró en la orilla de la playa hace unos días. En el fondo, podría ser el pie de cualquiera. Paco lo desenreda y lo arroja de nuevo al mar. Esta vez Lorenzo no dice, por ejemplo, que es mejor así, que hay que comer. Nadie dice nada. En silencio terminan el virado y vuelven a tierra, y desembarcan la pesca.
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