Alberto llega a la ciudad el mismo día, o puede que un par de días antes, de que se desate la epidemia. Ya durante el vuelo las azafatas les habían dado unos impresos que debían rellenar y firmar: una especie de declaración de salud en la que tenían que indicar de dónde venían, en dónde habían estado en las últimas semanas y si tenían algún tipo de síntoma como tos, fiebre o diarrea, y que entregaron nada más desembarcar a dos tipos con aspecto de becario de facultad de medicina, barbijos y bata blanca. Luego les habían hecho desfilar delante de una cámara que supuestamente registraba la temperatura corporal. Finalmente, pasaron por la aduana y entró en el país, lo que se tradujo de modo simbólico en el franqueo, más turbado que triunfal, de la puerta de la zona de llegadas. Al salir busca la cara de Julia entre la multitud que espera, busca su propio nombre en los cartelitos que muestran los taxistas. En vano. Para hacer tiempo, se decide a cambiar algunos billetes. Mientras aguarda a que la empleada que le atiende al otro lado de la ventanilla termine con el papeleo previo al cambio de moneda, piensa en las posibilidades que tiene de intentar ponerse en contacto con Julia. Se pregunta por qué no le pidió su número de teléfono durante la llamada telefónica de dos días atrás, la noche antes de la partida. Como sólo tiene una dirección, se dice a sí mismo que cogerá un taxi hasta allí. Entonces una mano se posa en su hombro, la mano que lleva al hombro de Julia, a la cara sonriente de Julia. Durante el trayecto en colectivo a la ciudad, Alberto le habla de las doce horas en avión por las que acaba de pasar, en su opinión letales, a las que sobrevivió leyendo, viendo películas y dando alguna que otra cabezada, en cualquier caso negándose a confraternizar con su vecino de asiento, un señor que desde antes del despegue y durante todo el vuelo se había obstinado en ocupar el brazo que compartían del asiento, lo que según Alberto constituía una afrenta difícil de ignorar. Y le cuenta cómo se ha aguantado los accesos de la tos que viene arrastrando desde hace una semana, sobre todo en el momento de pasar el control médico y la aduana, una tos que debió de contagiarle su sobrino de tres años. También le cuenta que su sobrino el otro día fue al zoo de Copenhage con su madre y que al ver a un elefante con una cresta rala había creído identificar a su tío Alberto. A medida que Alberto habla y habla la ciudad va apareciendo al otro lado de las ventanillas del colectivo. A través de la niebla de la mañana se van revelando como el negativo de una película una serie de casas bajas, irregulares, un parque sin pasto, gente que deambula por las cunetas, a lo lejos la torre de una iglesia.
Al principio, Julia y Alberto sólo duermen. Se pasan el día durmiendo, como si hubieran vuelto a casa después de una guerra larga en un lugar lejano. Como veteranos de guerra duermen. Como si tuvieran que pasar el invierno. De hecho, es invierno. El segundo que pasan en lo que va de año. Se despiertan de día o de noche, a veces cocinan algo, se lo comen, o preparan tazas de café que se acaba enfriando sobre la mesilla de noche, o van al baño y se duchan, y vuelven a la cama, follan y se quedan dormidos. Como osos pardos sofisticados. A veces uno de los dos pone la televisión, que se enciende siempre en un canal temático en el que sólo ponen películas. Les da la impresión de que las películas van más rápido o más despacio de lo habitual, o las ponen ya empezadas, o están montadas de forma caótica. En cualquier caso, les cuesta seguir el argumento, e incluso entender cómo actúan y lo que dicen los personajes, que se comportan como si fueran los únicos que supieran lo que va a pasar.
Un día a Alberto se le rompe el cristal del ojo izquierdo de sus gafas: Alberto le dice a Julia que ese día se siente más flojo que de costumbre, se quita las gafas y estira el brazo hacia la mesilla de noche, pero no llega o calcula mal y suelta las gafas antes de tiempo, que caen al suelo y se oye el inequívoco ruido que produce un cristal al romperse. Es Julia quien las recoge y se las alcanza a Alberto, que en cuanto comprueba que en efecto el cristal se ha roto se lleva ambas manos a la cara. Julia le pide que no llore, le pregunta si cree que podría tratarse de una señal. Para Julia es la primera vez que a Alberto se le rompen las gafas, pero para Alberto ya son demasiadas, tres en lo que va de año. Para Alberto quedarse sin gafas significa la invalidez temporal, equivale a quedarse ciego, lo impregna todo de oscuros presagios, le hace temer, en definitiva, por su vida.
De camino a la óptica pasan por la farmacia. El farmacéutico lee el periódico apoyado en el mostrador de madera. Lleva un barbijo que parece ocupar todo el espacio de la farmacia aparte del que ocupan ellos mismos. Además del barbijo lleva gafas. Poco más puede decirse de su rostro, o de la impresión que da su rostro, salvo, tal vez, que el barbijo lo rejuvenece, o que sencillamente lo haga parecer más animado, más alerta. Le preguntan por pastillas para chupar que alivien el dolor de garganta, le preguntan por un jarabe para la tos, se interesan por algún tipo de gel desinfectante para las manos y van derivando hacia productos que sólo pueden comprarse con receta médica o en la esquina de alguna calle poco transitada, con discreción. Al final compran una tableta de paracetamol. Cuando el farmacéutico le entrega el cambio, Julia le pregunta por la epidemia. Entonces el farmacéutico les habla de conspiraciones gubernamentales, de estrategias siniestras llevadas a cabo por las empresas farmacéuticas, les habla de la torpeza general, de cadenas de acontecimientos inesperados, del azar, les habla de deporte, de historia y de medicina. Cada dos o tres frases se para, suspira, alza las cejas y se les queda mirando fijamente, en silencio, como un cazador de preguntas y gestos de asombro. El paciente cero fue un bebé mexicano en Houston, les dice. En Houston están los mayores laboratorios de investigación viral del mundo. Pero no sólo en Houston tienen un problema. Hace meses que se habla del estallido de la epidemia y nos hemos sentado a esperar que se nos venga encima, les dice. El problema es que en este país todo el mundo se dedica a la improvisación. Aquí sólo preparamos los partidos de fútbol. Antes no, antes había motivos para estar orgullosos. Luego pasó lo que pasó. Y les cuenta que a él durante la dictadura le descerrajaron dos tiros, que estuvo detenido y fue torturado, que ya lo ha visto todo y sabe de lo que habla. Hace ya unos años, les dice, escribí un artículo sobre una enfermedad de la memoria a la que llamé “Enfermedad de Morelli”, lo tengo por aquí, y procede a levantar el periódico y mover algunos papeles sueltos que aparecen debajo. La “Enfermedad de Morelli”, continúa, sería un trastorno de tipo psicogénico, es decir, generado por la propia psique del individuo, que a través de una suspensión voluntaria de la sinapsis eliminaría la posibilidad de almacenar, incluso a corto plazo, el recuerdo de unos acontecimientos concretos, con el objeto de evitar siquiera tener que justificar el propio comportamiento ante dichos acontecimientos. Durante un tiempo, añade, estuve barajando la posibilidad de llamarlo “Mal de Morelli”. Todo esto lo cuenta a media voz, pero no se sabe si lo hace por prudencia, por dar un aire más confidencial a sus palabras o por el efecto amortiguador del barbijo, que además le empaña el cristal de sus gafas a cada rato.
Una noche Alberto se despierta sobresaltado y le cuenta a Julia lo que acaba de soñar. En el sueño, Alberto es requerido por su madre, aunque no queda muy claro si se trata de su madre o de una profesora francesa, una colega en el instituto en el que dio clases durante un año, en un pueblo no muy lejos de Lille, que curiosamente se llamaba Isabelle, como su madre. Su madre, o la profesora, le pide que averigüe si su marido frecuenta a otra mujer a quien Alberto conoce, si bien hace tiempo que ha borrado o perdido su número de teléfono. Esta coartada le dura unos segundos, ya que su madre, o la profesora francesa, sí tiene el número de teléfono, y acto seguido obliga a Alberto a quedar con la mujer allí mismo, en casa de la profesora que al mismo tiempo podría ser su madre. Lo que sí está claro es que el marido en cuestión es el padre de Alberto. De hecho, Alberto lo ve, o lo imagina con todo lujo de detalles, entrando en el portal del edificio donde vive la mujer. En cualquier caso, la mujer accede a encontrarse con Alberto. Una vez en el salón de la casa de su madre o de la profesora, un salón que recuerda vagamente a los saloncitos impersonales de los apartamentos turísticos de playa, se sienta en un sillón junto al sofá en el que se sienta Alberto. Desde la cocina se oye ruido de platos y cubiertos. La mujer tiene el pelo rubio, casi blanco, muy corto y peinado con la raya a un lado, una mezcla entre Jean Seberg en Al final de la escapada y Brigitte Nielsen, y tiene los ojos azules, de un azul glacial, se podría decir cruel, pero en cuanto empieza a hablar se comprende que su carácter no es en absoluto cruel, más bien duro, o endurecido, y también tiene unos pechos enormes. Le cuenta que su marido la ha abandonado y que su madre ha muerto recientemente, lo que inhibe a Alberto de persistir en su investigación, no así de mantener unas tibias expectativas sexuales.
Entonces Alberto se despierta. Como era de esperar, tiene una erección. Le cuenta su sueño a Julia, que también acaba de despertarse y respira pesadamente a su lado en la penumbra del cuarto. En un primer momento, Alberto está convencido de haber soñado antes de esa noche con esa mujer. Ante la perspectiva de haber inventado un personaje que frecuenta sus sueños, le dice a Julia que podría ser lo más parecido a un fantasma que habría en su vida, aunque esto no es exacto. Y entonces recuerda en voz alta su año en Francia, como profesor de español en un pueblecito en Nord Pas de Calais, y el cuarto que le asignaron en la residencia del instituto, en la que pasó solo, se diría que aislado, cada fin de semana de aquel largo invierno cerca del Mar del Norte, prácticamente sobre las sepultadas trincheras del Somme, y así vuelve a quedarse poco a poco dormido, algo después que Julia.
A lo largo de la mañana del día siguiente, contra todo pronóstico para sí mismo, sobre todo porque en el fondo, o no tan en el fondo, le parece un asunto poco interesante, sigue pensando en el sueño, en su año en Francia y en los fantasmas. Por la tarde se siente enfermo, afiebrado, le arden los párpados, le duelen las articulaciones. Desde el principio, la amenaza de la epidemia planea sobre ellos como un buitre, da vueltas alrededor del lecho sobre el que yace Alberto como un pingüino de Magallanes, pero ninguno de los dos comenta nada al respecto. A cada uno de ellos por separado le sorprende, eso sí, no estar muy informados sobre la enfermedad, sobre sus síntomas, su evolución o el tratamiento, en caso de que existan tales cosas. En todo momento Julia permanece junto a Alberto, le prepara infusiones, le trae paracetamoles, en ocasiones incluso se acuesta a su lado. Cuando sale del cuarto para ir a la cocina o para bajar a la farmacia, toma la precaución de lavarse a conciencia las manos y la cara con jabón, tal y como han venido recomendando en los periódicos, la radio, la televisión, por mensaje de texto, en las pantallas electrónicas del metro y de las estaciones de tren.
Cuando sale a la calle el frío invierno austral la reconforta. Como la farmacia está cerrada sigue de largo, casi despreocupada, por momentos casi contenta. Es un día soleado, frío sol de invierno. En algún momento entra en un parque en el que no ha estado antes y cuyo nombre ignora. A la entrada del parque hay un monumento que conmemora al militar fundador de la ciudad. La luz dorada de la tarde se filtra por entre las ramas peladas de los árboles a la vera del camino de tierra. En un cruce toma la desviación de la derecha, abandona el camino y baja una pendiente cubierta de césped. Poco antes de alcanzar la acera se sienta y espera hasta que el sol se oculta tras un edificio. Se pone en pie y sale del parque y entra en una calle en la que no habría entrado sin sentir una punzada de inquietud de no ser porque desde que salió no se ha cruzado con nadie, y realmente no espera hacerlo. Realmente ya no espera nada, sólo le parece que los edificios son algo más altos que antes, y más grises o más apagados que antes, aunque es muy posible que se deba a la noche, que va cayendo sobre la ciudad, se dice a sí misma, si bien por otro lado es como si hubiera menguado, o como si hubiera vuelto a la infancia y sólo tuviera el punto de referencia de las cosas tal como fueron durante la vida adulta, de modo que ahora sólo tendría que esperar un poco más hasta volver a ser semilla, barro o nada.