En cualquier caso, tenía un plan, bueno o malo. También había un lugar y una mujer, pero el lugar no era este y la mujer ha desaparecido.
Llegué hace tiempo. Llegué para intentar hablar con ella, o al menos para verla por última vez. Llegué de noche, hacía frío. El aeropuerto estaba vacío, todo estaba cerrado menos la puerta por la que salí a la estación de trenes. Esperé un tren que me llevó al centro. Allí conseguí una habitación de hotel, me duché y me acosté. Por descontado, no dormí.
A la mañana siguiente salí y caminé diez minutos hasta su casa. No podía respirar. No sé por qué no toqué a la puerta. Tal vez porque sabía que estaría abierta. Entré en el pequeño recibidor y sin quitarme los zapatos irrumpí en su cuarto. Estaba vacío. La ventana estaba abierta. Hacía frío. Pensé que me iba a explotar la cabeza. También pensé que era el final y que lo que se acababa era algo que yo no había sabido identificar en su momento y que precisamente por eso no podría hacerlo volver. No sé cuánto tiempo pasé allí, en aquel cuarto vacío.
Al final salí a la calle. Nevaba.
Entré en el primer bar que encontré y tomé una copa, luego en otro bar, en un restaurante chino y finalmente en una pizzería libanesa, hasta que me emborraché y volví al hotel. Me echaron del hotel. Estuve deambulando por la ciudad. Me quedé dormido en un portal. Me despertó un portazo. Al cabo de un rato me di cuenta de que me habían robado la cartera. Hacía mucho frío, nevaba. Me perdí. Aparecí en medio de un barrio de casa bajas. Luego aparecí en mitad de un bosque. Olía a ajo. La primavera había llegado sin darme cuenta. Dormí a la sombra de los árboles hasta que empezaron a picarme los mosquitos. Tuve que huir. Corrí por una calle interminable detrás de los coches de policía. Me detuvieron. Me soltaron. Me lavé los pies en las fuentes. Me lavé las manos y la cara. Un día me lavé también el culo. Me detuvieron. Me soltaron. Alguna vez viajé en tranvía, una señora me dio una moneda pero no se sentó a mi lado. No me importó. Empecé a frecuentar ciertos lugares. Empezaron a llamarme "el español loco" (Der verrückte Spanokel, decían), cosa que para mí no tenía ningún sentido, pero me hacía gracia. Empecé a frecuentar el comedor de Sabine. Me gustaba estar allí. Tenía unos amplios ventanales y en las paredes habían pintado fachadas de casas bajas, austeras, con balcones, con un toldo, un escenario y banderines, como de pueblo italiano en fiestas. Allí hacía calor en invierno. Había sombra en verano. Allí la comida era buena todo el año. Los baños estaban limpios, sobre todo los lunes y los viernes. Trataban bien a la gente. No como esos hijos de puta que se mean en la barra de los bares. No como las odiosas mujeres que limpian en las casas. No como la mirada asesina de las madres de familia. No como el viento afilado de las calles que van a dar en el canal en las noches de invierno.
Una tarde Sabine se sentó a la mesa, en la silla vacía frente a mí. Me sonrió. Me dijo algo que, como de costumbre, no comprendí. Imaginé que me preguntaba si me gustaban los platos que me hacía la abuela. Imaginé que pretendía ser mi abuela. Asentí y seguí comiendo. Me sonrió de nuevo. Noté que alguien ocupaba la silla vacía a mi lado. Oí que alguien me hablaba en mi lengua. Una voz dulce de mujer. Cerré los ojos.
Me preguntó qué tal estaba. Me explicó que Sabine llevaba un tiempo deseando hablar conmigo, que ella había venido para hacer un reportaje y, como también estaba estudiando español, le había pedido ejercer de intérprete. Me vi bajando por una avenida a las calles del centro, y luego perdido en un laberinto con la mano ardiendo. Me preguntó mi nombre, me dijo el suyo. Me vi en el mar, sumergido. Un banco de peces giraba a mi alrededor. Me seguía hacia el fondo. Tu cara me suena, me dijo. También me vi caminando por un bosque nevado. Se oían gritos a lo lejos. Risas se oían. Su voz era un susurro. Me preguntó si conocía Salamanca. Si conocía Canarias. Me vi bajando a un lago helado. Tenía miedo, pero al mismo tiempo confiaba. Me preguntó otras cosas, me contó que estaba a punto de irse a Buenos Aires un tiempo, y luego a Cuba. Me vi en un cuarto. En alguna parte había una estufa en la que se quemaba un cepillo de dientes. También había estanterías, una mesa, una silla, un sofá, una butaca, una mesilla. Había un armario. Había un tocador. Todo era de madera oscura. También había una cama que era como un altar. A un lado había una pequeña ventana secreta. Una ventana sin estrellas. Al otro lado de la ventana se veía la estructura ósea de un andamio y más allá una oscuridad total. Tenía miedo, pero me acerqué y abrí la ventana. La contraventana abrí. Un viento frío me golpeó la cara, me dejó sin aliento. Era la hora. Había que irse, pero yo sólo quería quedarme un minuto más.