lunes 26 de mayo de 2008

La panadera de Saint-Cyprien

Noémie, la panadera. Era rubia, un ángel rubio. Apareció un buen día al otro lado del mostrador de la Boulangerie Jaune y todo se iluminó.
Siempre me ha gustado la Boulangerie Jaune, sobre todo porque su pan resiste en buen estado un par de días. Un pan que te deja un regusto extraño, artificial, que no es precisamente bueno, pero me gusta. Creo que también me gusta por otros factores que en principio poco o nada tienen que ver con su pan, como el hecho de que se encuentre en la place de L'Estrapade, una plaza íntima en mitad de la ciudad, en mi barrio, Saint-Cyprien. Supongo que esto se explica porque cuando estás lejos de casa te agarras a lo que sea, cualquier familiaridad es un consuelo.
El día en que apareció Noémie era gris y oscuro. Amenazaba lluvia, esa lluvia fina y obstinada de principios de noviembre que puede caer durante días sin hacerse más intensa ni escampar. Sin darte un respiro. Eran casi las cinco y era casi de noche. Algo a lo que no consigo acostumbrarme: ese modo inesperado de anochecer en el norte me fulmina.
Volvía de la universidad y tenía prisa por llegar a casa, y sin embargo frené frente a la Boulangerie Jaune, bajé de la bici y entré. Sonó la campanilla sobre la puerta. Pasé los pies por la alfombrilla un par de veces y levanté la vista. Allí estaba. Me sonreía desde el fondo del mostrador alargado, junto a la caja. De alguna manera me esperaba o puede que sólo me lo pareciese.
Saludé y pedí una barra campesina. Me devolvió el saludo y dijo que lamentablemente no quedaban. A juzgar por la expresión de su cara, lo lamentaba de verdad. Calculé que no tendría más de veinte años. Le pregunté qué podía ofrecerme, con la única condición de que estuviera recién hecho. Llevaba un delantal amarillo sobre un vestido estampado de flores en tonos cálidos que daba una sensación de frescura otoñal. Hizo una ligera genuflexión y con las palmas de la mano hacia arriba señaló dos cestas que había a ambos lados de la caja. Elegí una, de la que tomó una barra que empezó a envolver en papel. Al llegar a mi buhardilla descubrí que se trataba de pan de pasas. Nunca me han gustado las pasas. ¿Acaso importaba? En cualquier caso, es una buena manera de decir que aquel gesto que hizo con las manos acompañado de una reverencia me deslumbró.
Mientras la envolvía, con la mirada fija en lo que hacía, se interesó por mi acento, me preguntó de dónde venía. Se lo dije y me presenté. Nos dimos la mano.
-En-can-ta-da -dijo, haciendo un esfuerzo por acordarse.

En la cafetería universitaria un colega quiso saber cuál era mi tipo de mujer ideal, si lo había. Le aseguré que no había un tipo concreto, que a lo largo de mi vida sentimental -por llamarla de algún modo- había tenido relaciones con mujeres de lo más variopintas -o al menos eso me parecía-, que no me creía capaz de encontrar un patrón. Puede que hasta entonces quisiera creerlo o incluso que no hubiera pensado mucho en ello, porque lo cierto es que después de algunas horas dándole vueltas al asunto supe que sí, que en efecto había un tipo de mujer ideal para mí.
Mi mujer ideal es como aquella mujer sobre la que escribe Palahniuk en Error humano, la que se comporta como si la gente debiera vivir para siempre, alguien que me contagie un poco de su fe. Supongo que mi mujer ideal aparece sentada en una parada de guaguas, lleva el pelo recogido en una cola de caballo, hojea un libro de Kafka. A estas alturas supongo que no hace falta añadir que no he leído a Kafka. Lo que quiero decir es que aquel pan de pasas fue seguramente lo más delicioso que había comido en la vida.
Por aquellos días mi hermana me llamó por teléfono. Sus llamadas no eran tan frecuentes como las de nuestros padres y puede que precisamente por eso fuesen más celebradas. Por eso y porque las historias que me contaba superaban el costumbrismo a que mis padres me tenían acostumbrado: eran divertidas e ingeniosas, sabía seleccionar las anécdotas más suculentas y articularlas de modo que fuesen efectivas. Me hacía reír y reflexionar. Me conmovía.
En aquella ocasión me contó que su hijo, después de pasar un buen rato jugando con una niña algo mayor en un parque, visiblemente cansado ya de ella y sus juegos, puso una mano en su hombro y comenzó a despedirse con la otra mano. Ciao, repetía una y otra vez sin moverse del sitio. Llegamos a la conclusión de que quizá a través de su observación de los adultos habría podido deducir que ese gesto serviría para hacer que la otra persona se marchase, desapareciese de su vista.

Casi sin querer supe que Noémie trabajaba los lunes y martes por la tarde y casi todos los domingos por la mañana. Me recibía con una sonrisa radiante en cuanto entraba. Sonaba la campanilla. No hablábamos mucho, apenas para pedir una barra campesina o un pan de chocolate y decir cuánto. Sonaba la campanilla. Eso sí, en el momento de pagar y recibir el cambio, los dedos rozaban accidentalmente las palmas por un instante. Y sonaba la campanilla. Y eso era todo.
Un sábado por la noche salí. En realidad no pensaba hacerlo, me había preparado algo de pasta y había comido viendo las noticias en la televisión, y luego había dado unas cuantas cabezadas hasta que me espabiló el zumbido de un mensaje recibido. Un mensaje en el que unas chicas uruguayas que hacían un máster en la misma universidad en la que yo daba clases me proponían quedar en un bar, tomar algo y luego ir todos juntos a un concierto. Respondí que no, inventé una excusa. Sin embargo, al rato lo pensé mejor, me despegué del sofá y salí. Supongo que temía estar convirtiéndome en esa persona con la que no puedes contar, poco fiable, el equidistante o el ausente. Me consolaba -pero de inmediato me desconsolaba- pensando en las raras veces en que uno sale sin grandes expectativas, por inercia, desesperación o puro aburrimiento, y esa noche resulta memorable.
Empecé a pensar en la posibilidad de encontrarme con Noémie en cuanto puse un pie en la calle. Al llegar al bar donde no había quedado con las uruguayas todavía estaban allí. Fui recibido con besos y abrazos y sonrisas amplias y ningún comentario sobre mi intento frustrado de borrarme, cosas que agradecí en silencio. Cinco minutos después estaba a gusto, relajado, empezaba a pasarlo bien. Fuimos a un concierto en otro bar de un grupo canadiense que una de las uruguayas, Daniela, había escuchado en myspace. Aquello sonaba a una mezcla de soul, funk, disco y r'n'b, lo que en manos de un nerd blanco canadiense no dejaba de ser llamativo. Al principio bailábamos siguiendo el ritmo con la cabeza y el pie. Después de dos o tres copas y cinco o seis canciones movíamos todo el cuerpo, cachete con cachete. La gente nos miraba y no nos importaba. Cuando terminó el concierto salimos a la calle empapados en sudor, eufóricos. En la entrada del bar, en medio de un grupo de gente, estaba Noémie. Sólo cuando me acerqué a saludar me di cuenta de que el grupo de gente era en realidad un grupo de tíos, todos franceses. Supe que eran franceses por su forma de vestir, todo ese rollo de camisas abiertas con camisetas blancas debajo y pantalones pirata y zapatos náuticos. Cerca del grupo había otro par de tíos pateando un banco de piedra con la intención evidente de arrancarlo del suelo. Noémie me recibió con una de sus sonrisas. Le pedí una baguette mientras me abría paso y rio. Me preguntó si había estado en el concierto y supe que me había visto. Hablamos del grupo, de descargarnos algunas canciones, de qué plan teníamos para el resto de la noche. Ese fue el momento que aprovechó el corro de pretendientes -en el que me incluía, muy a mi pesar- para recuperar la atención perdida. Una mano me tomó del brazo y tiró de mí hacia afuera. Era Daniela. Me decía que se recogían, que quizá al día siguiente podríamos retomar la buena costumbre del mate dominical en su casa. Le habría dicho que hubiera ido en aquel mismo momento, que para qué esperar, pero de reojo vi alejarse a Noémie envuelta por la nube de pretendientes -de la que me había quedado rezagado, también muy a mi pesar- y cruzar el pont Saint-Pierre. No volvería a verla.
A la mañana siguiente el dueño del Vasco le Gamma, el único bar de la plaza, con su voz robótica debido a una traqueotomía, me contó que Noémie no se había presentado en la panadería, que debía de ser la tercera o la cuarta vez, y que en más de una ocasión había llegado incluso a aparecer todavía medio borracha, y que el panadero, en fin, colmada su paciencia, la había despedido. Sentado en un taburete alto, acodado en la barra, se me atragantaba la otra barra, la que acababa de comprar en la Boulangerie Jaune. Pan de pasas, un asco.