viernes 28 de marzo de 2008

El viaje imaginario de J

En algún momento de su breve estancia en Toulouse por motivos laborales, A decide no seguir adelante con el improvisado plan que J y ella han tramado telefónicamente para encontrarse en Berlín. Los motivos no están del todo claros, pero tienen algo que ver con un sueño que se fue transformando en pesadilla, despertando viejos fantasmas a su paso, y el resto de esa noche en vela. Por la mañana llama a J, le hace saber su decisión. A juzgar por su voz, J acaba de despertarse y apenas llega a expresar una leve estupefacción. Se despiden. Cuelgan. Media hora después es J quien llama. Pasan más de una hora al teléfono, la mayor parte del tiempo en silencio, como si cada uno esperase del otro una carcajada o un sollozo en cualquier momento. Sin embargo, nadie ríe, nadie llora. Se despiden y cuelgan.
Una vez ha cumplido con su cometido, dedica la última tarde en Toulouse a pasear a un lado y a otro del Garona. Por fin, ante la amenaza de lluvia, se sienta a tomar un capuccino en la librería Terranova y a leer Viajes con Heródoto. Sin levantar la vista del libro nota cómo un bulto ocupa silenciosamente la silla situada justo frente a ella, le oye carraspear y abrir un periódico, el pasar susurrante de las hojas. Cierra el libro y descubre frente a sí a un tipo de rostro afilado que culmina en la punta de la nariz, los ojos pequeños, la boca pequeña y los labios finos. Le parece que las rastas acentúan su cara de roedor, tanto que, cuando sonríe justo antes de empezar a hablar, A lo puede imaginar royendo obstinadamente una cáscara de nuez. En cualquier caso, mantienen una conversación agradable, al principio en francés y luego en español, lo que quiere decir que al principio es él quien lleva la voz cantante y luego ella, aunque llegados a un cierto punto A considera que las intenciones de la cobaya son demasiado evidentes y empieza a aburrirse de tanto tópico, de tanto rodeo. Guarda el libro de Kapuściński en el bolso, se pone en pie, la chaqueta y el pañuelo alrededor del cuello, se despide y se va. Mientras está pagando la consumisión en la caja echa un vistazo a la mesa y comprueba que la rata sigue allí, sonriendo, escrutándola con sus pequeños ojos incisivos.
Esa noche el vuelo sale con una hora de retraso, el tiempo que le lleva a la tripulación comprobar que los pasajeros Hernández, Mascara y Kostner no se encuentran en el avión. El vuelo es desapacible, el avión es sacudido por una serie interminable de turbulencias desde el despegue. Al llegar a Madrid son desembarcados en una encrucijada entre dos zonas de recogida de equipajes, la 2 y la 5, de donde una parte del pasaje se dirige casi por inercia a la zona 2, otra, en la que se encuentra A, opta espontáneamente por la zona 5, y un reducido grupo permanece en la encrucijada como en suspensión, a ver qué pasa. De camino hacia la zona 5, después de cruzar varias salas vacías, a oscuras o en construcción, empieza a hacer mella en el grupo la sensación de haber tomado la dirección equivocada. Pronto el grupo se disgrega: algunos dan media vuelta, otros se quedan plantados ante la primera pantalla de información que les sale al paso y el resto, con A entre ellos, sigue resuelto a llegar hasta las últimas consecuencias. Las últimas consecuencias resultan ser una sala pequeña en la que sólo hay una mesa enorme, en el centro, sobre la que asoman los ojos cansados de una mujer de uniforme. Antes incluso de que terminen de dar sus explicaciones, como si les estuviera esperando o les hubiera estado observando desde que aterrizaron -o incluso antes-, la mujer les confirma que en efecto se han equivocado de sala y deben dirigirse a la zona 2. Salen de la zona de recogida de equipajes y recorren a la carrera dos terminales, y le cuentan al guardia civil apostado en la puerta de la zona 2 el episodio absurdo en el que se encuentran inmersos para que les franquee el paso. No queda nadie alrededor de la cinta cuando entran en tromba, y en la cinta sólo los restos de un naufragio, unas diez maletas abandonadas sobre las que se abalanzan sin dejar de correr. Ya en el metro coincide con uno de los pasajeros de su grupo, se dedican una sonrisa avergonzada. Acto seguido, clavan la vista en el suelo él y en el plano de una de las líneas de correspondencia ella. Pasa la noche en casa de su amigo Jorge, cerca de Bravo Murillo. Le cuesta pegar ojo, apenas duerme unas tres horas.
A la mañana siguiente se despierta angustiada, al otro lado de la ventana comienza a clarear el cielo del patio interior. Saca el móvil del bolso. Está apagado, la batería agotada: el despertador no ha sonado. Sale corriendo a trompicones, coge un taxi. En el aeropuerto le dicen que su vuelo está cerrado y la ponen en lista de espera, previo pago de cincuenta euros. Pide un capuccino en una de las cafeterías de la zona de embarque, se sienta, suspira. Ni siquiera A es del todo ajena a las señales. Mira a su alrededor. A través de los gigantescos ventanales con vistas al furioso revuelo de aviones en la pista se vierte una luz cegadora que difumina los contornos de las mesas, las butacas y los sofás, e incluso del hombre que se oculta detrás de un periódico italiano, unas gafas de pasta y una barba que parece postiza, sentado a su lado. Entre sus manos, bajo la mesa redonda donde humea la taza, sostiene el móvil apagado. Su peso inerte le recuerda el del cuerpo rígido de aquel canario de un color naranja vivo que se escapó de la jaula mientras ella la limpiaba, echando a volar por el patio interior hasta colarse de nuevo en la casa por la ventana del cuarto de A, que echó a correr por el pasillo mientras su madre le preguntaba desde la cocina a dónde iba con tanta prisa, rezando para que la gata siamesa no estuviese dormitando sobre su cama como tenía por costumbre.

lunes 3 de marzo de 2008

Interruptor que no enciende ni apaga nada

En casa de Amelia hay un interruptor doble, del que uno no enciende ni apaga nada, mientras que el otro enciende y apaga la luz del dormitorio. En ocasiones, al entrar o al salir, sobre todo si está atareada barriendo la casa o preocupada por entregar a tiempo un informe, Amelia pulsa por descuido el interruptor que no enciende ni apaga nada, lo que provoca en ella un escalofrío como de grieta que precede a un derrumbe, lo que, a su vez, dura el instante que le lleva reaccionar pulsando el otro interruptor y haciendo que se haga o no la luz, no sin antes asegurarse de haber devuelto el interruptor que no enciende ni apaga nada a su posición original, o al menos a la posición en la que se encontraba cuando alquiló la casa (cosa, por otro lado, imposible de asegurar a ciencia cierta). Y es precisamente este gesto, repetido invariablemente, el que crea una cierta inquietud en Amelia, quien, a veces, sentada frente a la pantalla del ordenador, acurrucada con su gato Rox en el sofá o dando vueltas en la cama, imagina que cada vez que pulsa el interruptor que no enciende ni apaga nada se produce algún hecho inexplicable o se desata alguna catástrofe en alguna parte. Clic, se produce una muerte súbita, clac, se descuenta un segundo del contador que decide el fin del mundo, clic, se llama al ascensor desde el piso septuagésimo nono del edificio Empire State. Sin embargo, Amelia apenas se ha parado a considerar la posibilidad de que no haya circuito cuyo curso alterar al otro lado del interruptor que no enciende ni apaga nada. De hecho, por no haber, no hay siquiera cables.