miércoles 15 de agosto de 2007

El viaje imaginario de A

J espera en la zona de llegadas del aeropuerto del Prat, ha pasado más de una hora desde que aterrizase el vuelo procedente de Berlín y comienza a inquietarse. Esto no es exacto, en realidad se ha despertado con un mal presentimiento que lo ha perseguido durante toda la mañana. A no vendrá. J llama a A, pero el teléfono está apagado o fuera de cobertura. De entrada, a J se le ocurren dos posibilidades que explican al menos en parte la situación:
1. A ha perdido el vuelo, lo que deja en el aire el hecho de que no se hayan puesto aún en contacto.
2. A inexplicablemente no vendrá.
El desasosiego de J comienza a anudarse en su garganta. Se pone en pie como un resorte y se dirige al mostrador de información, en donde le hacen saber que el próximo vuelo Berlín-Barcelona aún no ha despegado. J vuelve a llamar a A con idéntico resultado que cinco minutos antes. Para tranquilizarse se dice que si hubiera habido algún problema A habría llamado o enviado algún mensaje, lo que lejos de tranquilizarlo estrecha el nudo en su garganta. ¿Por qué A no ha llamado o enviado algún mensaje? ¿Por qué tiene su teléfono apagado o fuera de cobertura? Por un momento imagina a A en el asiento de ventanilla de un avión con destino a cualquier parte menos a Barcelona. Casi puede verla: el pelo castaño recogido por una cola, los grandes ojos azules entrecerrados, los brazos cruzados sobre su regazo. Le parece que quiere dormir pero no puede. Tal vez sólo quiere esconderse, que nadie la mire. De repente J nota que necesita ocuparse, distraerse. Entra en Relay y compra El País, Llamadas telefónicas de Roberto Bolaño y una cajetilla de Fortuna. Antes de salir la cajera le recuerda que está prohibido fumar en el aeropuerto. Vuelve a sentarse y echa un vistazo a la portada del periódico: una ministra amenaza con no dimitir, mueren cientos de personas en Irak y una multinacional de juguetes se ve obligada a retirar del mercado millones de artículos tóxicos. Se le pasan las ganas de leerlo. Hojea el libro y se detiene en el cuento que le da título, al cabo de un rato se da cuenta de que no puede seguir y lo cierra. Vuelve a levantarse como un resorte y sale a fumar un cigarrillo. Afuera hace calor, hay un gran revuelo de taxis amarillos y negros, guaguas, personas que vienen y van tirando de maletas o de otras personas. J lo mira todo con extrañeza y asombro. Suena el teléfono y algo le da un vuelco dentro. Y algo le cae a los pies cuando comprueba que es D quien llama. D quiere saber qué pasa, si el avión llega con retraso. J le dice que no sabe qué pasa, pero que algo pasa y no es bueno. D no dice nada y J aprovecha para prometer una llamada en cuanto todo se solucione. Se despiden y cuelga. Entonces J vuelve a la terminal y se acerca al primer mostrador de Last Time, pregunta por el próximo vuelo a Berlín y está a punto de comprar el billete, pero en el último momento, el DNI y la tarjeta de crédito en la mano, no lo hace. En vano vuelve a intentar comunicarse con A. Un pitido lo avisa de que la batería de su móvil amenaza con gastarse. Al cabo de cuatro horas el móvil se apaga. Ya es de noche cuando J decide volver a Barcelona, sobre un asiento vacío quedan una cajetilla arrugada y un periódico intacto.

sábado 11 de agosto de 2007

Carpe diem

Mientras nos desayunamos el pan de ayer, los cruasanes fresquitos que compré esta mañana se ponen todos maníos.

martes 7 de agosto de 2007

Alegría del incendio

La vida no te prepara para los encuentros fortuitos, inesperados. La vida, con su carga de cotidianeidad, de rutina, te ofrece la mayor parte del tiempo las mismas caras y conversaciones, los mismos gestos, el mismo idéntico hastío. Esto explica algunas cosas, pero sobre todo la vulnerabilidad y el asombro que pueden experimentarse cuando después de un salto alguien te muerde la mejilla, cuando en mitad del incendio te llueven besos. Eso puede pasar. En una situación así uno sólo puede confiarse a la intuición, al instinto de supervivencia.
Y sobrevivir cuando la fiesta se desarrolla por los cauces esperados, se baila, se bebe cerveza, se baja a la playa, se nada hasta el faro, se vuelve como si nada, como una hoja que arrastra la corriente hasta la orilla, y se fuma, se vuelve a la fiesta, se beben cubatas, y de repente después de un salto aparece ella y me muerde la mejilla, y los contornos de cuanto nos rodea se desdibujan, y el ruido queda amortiguado. Durante una hora o un siglo me dejo llevar de su mano a través de esta suspensión anestesiada: bailamos y bajamos a la playa, bebemos cerveza y nadamos, y en el mar parecemos de oro, y en la orilla nos sentamos, nos besamos, nos mentimos, y parece de verdad. Nos despedimos con prisas, esquivando un apego que no hubiéramos agradecido. Una hora o un siglo después me voy sin el hilo invisible de mi mejor truco de magia. Ella se queda sentada de espaldas a la orilla, en pie de guerra y abrazada al azar. Al fin y al cabo el gusto fue sólo nuestro.
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