sábado, 11 de agosto de 2007

Carpe diem

Mientras nos desayunamos el pan de ayer, los cruasanes fresquitos que compré esta mañana se ponen todos maníos.

martes, 7 de agosto de 2007

Alegría del incendio

La vida no te prepara para los encuentros fortuitos, inesperados. La vida, con su carga de cotidianeidad, de rutina, te ofrece la mayor parte del tiempo las mismas caras y conversaciones, los mismos gestos, el mismo idéntico hastío. Esto explica algunas cosas, pero sobre todo la vulnerabilidad y el asombro que pueden experimentarse cuando después de un salto alguien te muerde la mejilla, cuando en mitad del incendio te llueven besos. Eso puede pasar. En una situación así uno sólo puede confiarse a la intuición, al instinto de supervivencia.
Y sobrevivir cuando la fiesta se desarrolla por los cauces esperados, se baila, se bebe cerveza, se baja a la playa, se nada hasta el faro, se vuelve como si nada, como una hoja que arrastra la corriente hasta la orilla, y se fuma, se vuelve a la fiesta, se beben cubatas, y de repente después de un salto aparece ella y me muerde la mejilla, y los contornos de cuanto nos rodea se desdibujan, y el ruido queda amortiguado. Durante una hora o un siglo me dejo llevar de su mano a través de esta suspensión anestesiada: bailamos y bajamos a la playa, bebemos cerveza y nadamos, y en el mar parecemos de oro, y en la orilla nos sentamos, nos besamos, nos mentimos, y parece de verdad. Nos despedimos con prisas, esquivando un apego que no hubiéramos agradecido. Una hora o un siglo después me voy sin el hilo invisible de mi mejor truco de magia. Ella se queda sentada de espaldas a la orilla, en pie de guerra y abrazada al azar. Al fin y al cabo el gusto fue sólo nuestro.
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