lunes 19 de noviembre de 2007

El mundo a su medida

La mujer no le quitaba ojo al tiovivo, en un primer momento para tener algo controlados los movimientos de la niña, al cabo de un rato porque había quedado hipnotizada por todas aquellas luces y caballos que giraban sin apenas tregua. Por eso cuando el hombre le preguntó si se encontraba bien volvió en sí de golpe, de un salto se puso en pie y buscó a la niña con la mirada. Sólo cuando la distinguió a unos treinta metros, de espaldas a ellos, con los brazos cruzados sobre la barandilla de hierro que rodeaba el tiovivo, soltó el aire y volvió a dejarse caer en el banco de madera.
-La verdad, no termino de acostumbrarme -dijo la mujer.
-¿A qué, cariño?
-Esta niña es tan... rara.
-¿A qué te refieres exactamente?
-A que no para quieta, siempre la pierdo de vista, siempre de un lado a...
-Bueno, todos los niños son así en cierto modo, ¿no crees?
-Supongo que sí.
Era un tiovivo vieho que, no obstante, se conservaba en un estado de ruinosa dignidad. Tenía dos pisos, uno inferior más amplio destinado a los niños mayores, y otro para los más pequeños y sus padres, al que se llegaba subiendo una escalera. En cualquier caso, era difícil precisar el límite de edad para uno y otro piso, y la mujer no hacía más que preguntarse si a una niña de cinco años no le convendría el piso superior, aun a sabiendas de que le habría sido casi imposible arrastrarla hasta allí.
-Y luego está esa fijación que tiene últimamente -continuó la mujer.
-¿De qué fijación hablas?
-Toda esa historia de Dios.
-¿Qué pasa con Dios ahora?
-Lleva unas semanas preguntándome qué pasaría si Dios hubiese creado el mundo, se hubiese aburrido pronto de nosotros y nos hubiese abandonado a nuestra suerte, creo que en el fondo es culpa de tu hermano y de ese estúpido nombrete que le ha puesto y que a ella le hace tanta gracia.
-Venga, ya sabes lo curiosa que es -dijo el hombre mientras pasaba la página del periódico que estaba leyendo y trataba de reprimir un bosquejo de sonrisa que por un momento amenazó con dispararse hacia la mejilla izquierda. Sin embargo, el gesto, casi imperceptible para un corredor de bolsa, un sumiller o un trapecista, no pasó desapercibido para la mujer. Acto seguido, el hombre levantó la vista del periódico y reparó en la concentrada serenidad del rostro de la mujer, traicionada durante un segundo por la brusquedad con la que tiró de las solapas para ajustarse la chaqueta de cuero marrón oscuro.
-O'Haricrisna, la llama -bufó la mujer.
Volvió a buscar a la niña. En esta ocasión, debido al gentío que empezaba a agolparse en torno al tiovivo, tuvo que erguir sobremanera la espalda y levantar la barbilla para ubicarla, algo más alejada, casi de perfil, plantada a un lado de la interrupción de la barandilla de hierro por la que se accedía a la atracción. Sólo un segundo antes de que la niña echara a correr, la mujer intuyó lo que estaba a punto de hacer. La cara se le descompuso y gritó. Por lo demás, quedó paralizada, clavada en el sitio. El hombre, alertado por el grito de la mujer, dio un salto extraordinario y echó a correr a su vez detrás de la pequeña. El periódico realizó un vuelo breve y aparatoso, no exento de una extraña belleza que nadie pudo apreciar. La niña alcanzó corriendo la escalera, subió de un salto y se abrazó con todas sus fuerzas al primer objeto girante que se cruzó en su camino, una especie de galeón con una sirena por mascarón de proa al que quedó agarrada hasta estamparse de boca contra una de las columnas que sustentaban el tiovivo. Haciendo un esfuerzo por controlarse, el hombre la recogió enseguida del suelo, donde había quedado tendida bocarriba. Después de apartar el brillante pelo negro de la cara de la niña, comprobó consternado que le brotaba abundante sangre de la nariz y la boca. En brazos la llevó al baño de un bar cercano y le lavó la cara con cuidado. Cuando hubo terminado, una sonrisa beatífica apareció en la cara de la niña, la sonrisa de alguien que está a punto de entregar el correo del zar. El hombre cogió más papel higiénico, lo dobló varias veces y le dio instrucciones para limpiarse en caso de seguir sangrando. La mujer les esperaba en la puerta del bar, tenía los ojos hinchados y estaba lívida. No cruzaron una sola palabra durante todo el trayecto en coche a casa. Los únicos sonidos procedían del motor en marcha, de la circulación y del sonarse la nariz cada uno de ellos. A ratos se conseguía accidentalmente un cierto ritmo acompasado, más o menos vivace.

13 comentarios:

6 dijo...

Muy bien!

Anónimo dijo...

oharà que esa niña siga deleitandonos, y deshaciendose su crisma (ademas ya se sabe:hare crisma, y las navidades en inglaterra "merry crismas" son un conglomerado de signos que no hay que descuidar en una certera desjeroglificacion de las cosas del mundo) y que se desangre, y luego le cortamos una pierna y la hacemos zombi.

Anónimo dijo...

Joé tío, le pegas a todo, no es que me gustaría saberlo en realidad pero me gusta preguntarme de donde te sacas estos cuentos. misterio

Lupe dijo...

Ya en casa, mientras bañaba a la niña, le daba la cena y la acostaba, todo sin decir palabra, la mujer se preguntaba, así subterráneamente, si Dios, en su diseño del mundo, habría considerado natural que las madres sintiesen un odio poderosísimo hacia sus hijos cuando éstos, en vez de sentarse en el banco y quedarse quietitos como monjas-búho en miniatura, las asustaban corriendo, cayéndose, haciéndose sangre, quebrándose, tragándose cosas afiladas.

Cómo me gustó.
L.

Ginebra dijo...

Lo peor que tiene la maternidad es que te hace conocer el miedo.

Anónimo dijo...

Madredelamorhermoso, es impecable.

...estás terminando de convertirme en fan fidelísimo. Lo cual, si se en un futuro que no deseo te atrapa de nuevo la maldición del inconstante, me creará un serio problema de síndrome de abstinencia...
Ojalá que el dios que nos abandonó no lo permita.
-Tantalot-

Anónimo dijo...

Se me coló un 'se' extraño, disculpa/disculpen. Bórralo/bórrenlo de tu/sus mente/s.

-Tantalot-

munstro dijo...

Caballos, sirenas y demás seres en los que reencarnarse!? No sé si cuando baje del tiovivo voy a padecer de "mal de tiera" y ya no pueda andar sin parecer una posesa. Da un poco de miedo ¿verdad?
Infanta de Carrión

Anónimo dijo...

Lo que la madre no recuerda es que a los cinco años hay pocas cosas dolorosas de verdad, y una nariz sangrante no es una de ellas. Tampoco lo es la duda de si existe un plan divino que explique la vida.
Lila

Anónimo dijo...

Las niñas pequeñas voladoras, se sienten satisfechas.

esqueletoatómico dijo...

Me reencarno en esa niña de mirada beatífica que se lanza impulsivamente hacia una caída segura pero que, en el transcurso de un salto certero se reinventa a sus anchas cual abubilla, cual campanilla con sus alas de plastidecor.
saludiños...

Lupe dijo...

Vuelvo para darte las gracias (muchas) por la visita, por la elección (nadie coincide con nadie, así que estoy igual que antes) y por los buenos deseos. Un beso,
L.

Anónimo dijo...

Son los Tiovivos el lugar de encuentro magico donde los aun humanos nos sentimos nosotros mismos, los niños y su mundo son muchas veces nuestro punto de partida para reencontrarnos con el niño que fuimos y en este relato se encuentra inmersa La Fantasia del ser humano y del Tiovivo para revivir los acontecimientos mas hermosos y mas tristes.