Cuando tenía doce años el primer día de clase no era un trauma ya, y mucho menos el rollazo que sería después, mientras nos hacíamos mayores a golpe de reguetón. A los doce, trece como mucho, daba un gustazo guapo volver a cruzar la puerta de entrada al colegio después de haber pasado el verano con la familia en el sur, rodeados por tíos, primos y mosquitos, comiendo ensaladilla rusa y bebiendo Clipper de fresa, chapoteando en la piscina o en la orilla de la playa en plan chiquillaje. Por eso era como un alivio aquel olor medio rancio de las clases recién pintadas, matemáticas a primera hora, el boli nuevo, pero el jueves ya se nos había pasado todo el vacilón. Todo loco. Otra movida chachi era volver a ver a los coleguillas. Volver a ver al Charli, al Negro y a Raimon, y al pibe aquel que era húngaro o búlgaro o de pa'llá, todo risa él. No me acuerdo del nombre. Un pibe chachi. Y a las pibolas, está claro, los yogurines de Cris y Fayna, que aunque teníamos trece o catorce años ya éramos unos espabilados que te cagas. Claro que al ratito ya estabas otra vez hasta los huevos, deseando que llegase algún puente o las vacaciones de Navidad, y todo por culpa de los profes. Chiquito coñazo, casi todos unos carcamales de cojones que te comían la bola sin ninguna compasión, nada más que pa' joder. Qué coraje, viejito. Que si la raíz cuadrada, que si el loco de Garcilaso. A mí el profe de lengua siempre me decía que no sacaba mejores notas porque era un poco gandulillo, que si me esforzase un poco más, que si no me costaba asimilar las cosas, tacuá. A mí me la sudaba, está claro, pero ahora que lo pienso era un buen tío, el típico profe joven que iba de enrollado por la vida y tal, y sé que lo decía por mi bien, aunque al final le amargamos un poco la vida, que nosotros éramos unos risas y un poco capullines también, todo sea dicho. Todo claro. Eso sí, nadie estaba a la altura de Pitu. Le llamaban Pitu porque en realidad se llamaba Pablo, y creo que también porque era un pejín. La falta de centímetros la compensaba con una mala leche exagerada. Por eso le teníamos un miedo de cojones: nadie quería acabar como Roberto. El pobre Roberto era el típico empollón, lo único que le faltaba era llevar gafas. Los profes lo tenían en un pedestal, que si mira Roberto lo tranquilito que se está en clase, que si mira Roberto lo bien que escribe, y eso era casi como condenar al pobre Roberto de cara al resto de la peñita. Y eso que el pibe no era un pollaboba, que va. Siempre me acordaré de una vez que hablamos en el recreo y todo, puede que sobre la Unión Deportiva o la Champions, no me acuerdo, y pensé chacho, el pibe se entera. Sabía de lo que hablaba, tacuá. Eso sí, a la hora de la verdad en las canchas era un trozo, no daba pie con bola. Me hubiera gustado decirle que se dejara de tanta teoría y se pusiera la pilas, pero no me dio tiempo. Normalmente Pitu le daba bastante caña, lo llamaba bujarra y sunormá, le metía el típico lapo en la cara o un piñazo en la espalda que dejaba al pobre pibe sin resuello. Creo que además a Pitu le daba coraje que Roberto nunca se echara una llantina ni se lo contara a sus viejos. No sé qué pasó exactamente, pero un buen día Roberto no vino más, y a partir de ese momento empezaron a circular todo tipo de rumores, historias en las que Pitu más o menos terminaba inflando a Roberto y haciendo desaparecer su cadáver.
Por eso en cuanto una profe novata le dijo que no tirara migas de pan en el vaso de agua del Yosu, sabíamos que estaba sentenciada. Como yo papeaba en casita a gusto, a mí quien me lo contó fue el Negro. Ese día Pitu sólo se le quedó mirando fijamente hasta que ella se dio la vuelta y siguió vigilando el comedor. El comedor era una antigua capilla con sus vidrieras de colorines y todo. Todo guapo. Una risa de colegio laico. Pasaron los días y Pitu se fue poniendo cada vez más y más fula, y por lo visto la pobre profe se lo empezó tomando a cachondeo, en plan suave, pero en el fondo se notaba que se estaba acojonando, sobre todo cuando Pitu empezó con la cantinela aquella de que se la iba a merendar. La primera vez que lo oí me lo dijo el Charli, me dijo yuooos, Píter, ¿sabes lo que le dijo Pitu a la profe nueva?, yuooos, le dijo, ñoh, profe, la sopa huele a meao, foh, y la profe le dijo que se relajase, le dijo, relájate Pitu, ¿vale?, y Pitu le dijo, profe, te voy a merendar, y la profe se hizo la loca, como que pasaba de todo, como que no lo había oído, pero yo sé que sí, que lo oyó. Faaah, qué movida, loco. Yuooossss. Faaah. Todo risa. Y al día siguiente vino Raimon y me dijo qué movida, el Pitu cogió de la bata blanca a la profe y se la sentó en las rodillas, tú sabes que el Pitu está todo fibroso y que si te coge te da un meneo, y la profe se levantó toda azorada y tuvo que venir tenso el profe de lengua, que estaba en la puerta, y le dijo al Pitu que esta vez se había pasado, y mandó al Pitu al despacho del director, pero antes de irse le dijo a la profe que se la iba a merendar. Qué movida, loco. Chacho. A partir de ese día fue Pitu el que no vino más al colegio. Se habló de expulsión, del talego y movidas así. Terminó el curso, aprobé raspado y, poco antes de tirar pa'l surey con la familia, una mañana que mi vieja me había mandado bajar a la panadería a comprar dos barras, me encontré a Pitu subiendo por un descampado que había detrás de los bloques de la urbanización donde vivíamos. Como pensé que me había calzado lo saludé de lejos con la mano, pero fue entonces cuando de verdad me vio y vino hacia mí, tranquilote, con las manos en los bolsillos. Cuando se paró frente a mí y sacó las manos pude ver que en los bolsillos del pantalón de chándal llevaba un par de bultos chungos. Se acercó y me saludó, me dijo qué fue, Píter, y yo no pude decir nada, tenía la garganta toda seca y tal. Se me quedó mirando un rato, de arriba a abajo y otra vez arriba, y clavándome los ojos me preguntó si tenía veinte céntimos. A duras penas le dije que no y para desviar la tensión le pregunté qué había pasado en el colegio, le dije chacho, Pitu, al final qué pasó con la profe aquella. Se me quedó mirando todavía un rato más, medio de reojo, como a punto de revirarse, y luego dijo ¿cómo dices tú?, ¿que qué pasó al final?, al final el Madrid ganó la liga, y luego dijo tsss, a ver si al final la merienda vas a ser tú, sunormá.
9 comentarios:
alucinante
artiiiiistaaaaa
bravo!
Chacho loco, soy Roberto...el hijoputa de pitu me arruinó la vida, cambiamos de ciudad y de barrio, yo también cambié y pasé un huevo de estudiar. Bueno, ahora trabajo en una obra y me arrepiento, me alegro que escribas sobre eso, si vuelves a cruzar a Pitu dile que me lo merendaré de un talegazo..jeje.
saludos al negro.
tío, intento imaginarte con trece años........, no puedo mas que ver un pibe flaco y con una altura descomunal, un tío alturísimo.
Tu sí que tenías que dar miedo.
De hecho, no fuiste tú el que me embargó mi Match-7 SS en la Sicer con abuso de la fuerza bruta?.
Mak.
Fá!!, agüita con la movida ¿eh?, que relato más crema, pichón!
Pd: Has imitado en tu relato perfectamente el idioma de los Ewoks.
La información sobre los chavalines de hoy en día la recopilaste de tu propia experiencia como profe?
me encanta
No me quiero perder ni uno de tus escritos.
Hola Piter, egesïgedrenk...
me recuerdas? soy Zoltan, pero seguro que por mi nombre no me reconoceras, el Hungarodemierda, o mejor Puskasmarquita, o recuerdas aquel tan puro de... pareces un mongolikocentroeuropeo... No fue facil, Pitu, el Negro, tù...
yo si que me los merendaria a todos juntos despues de haber ganado el campeonato mundial de halterofilia, gracias a que vivo y entreno en un pueblito de Siberia: Vladivostok, que si no...
Lo unico bueno de aquel terrible colegio fu que souy bilingüe; aunque en Rusia de poco sirve.
Iros todos al Monte Nzëgot y que os viole un waterpolista
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